H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

2012: Elecciones en peligro de legitimidad

Hace 24 años la víspera de las elecciones presidenciales de 1988, visitaba en su casa a don Emilio Krieger Vázquez a quien me unía una profunda amistad. Krieger era magistrado del tribunal electoral y fue el único que impugnó el triunfo de Carlos Salinas de Gortari, razón por la que renunció a su cargo al considerar que se había cometido un fraude electoral y que, por lo tanto, el nuevo presidente de México adolecería de un severo problema de legitimidad. Tras las elecciones, Krieger hizo llegar su renuncia a los diputados del Congreso que era el órgano jurídico responsable de los nombramientos del cargo de los magistrados.

Tras su renuncia, invité a don Emilio a escribir en el periódico El Financiero, donde yo me desempeñaba como editor del área de análisis político. Le comuniqué de este asunto al director y autorizó. Krieger aceptó y escribió de inmediato un par de textos sobre legitimidad y legalidad. Krieger fue uno de los más connotados abogados constitucionalistas y maestro emérito de la UNAM. Amigo personal del general Lázaro Cárdenas, don Emilio junto con Carlos Fernández del Real, fueron los abogados de los presos políticos del movimiento estudiantil de 1968. Krieger protegió y ofreció refugio a dos celebridades: al ingeniero Heberto Castillo y al líder del Partido Comunista Mexicano, Arnoldo Martínez Verdugo, ambos perseguidos por el gobierno de
Gustavo Díaz Ordaz.

Invariablemente cuando don Emilio me invitaba a comer a su casona de Coyoacán –que antes había sido propiedad del astrónomo Guillermo Haro, esposo de Elena Poniatowska–, disfrutábamos de un par de tequilas como aperitivo, cosa que repetíamos en otras ocasiones, en especial cuando solíamos comer en la Fonda del Pato, en la Zona Rosa. Nuestras charlas siempre versaban sobre nuestra malograda democracia y nuestro corrupto sistema político.

Don Emilio fue un incansable defensor de las causas sociales, en particular de los más desprotegidos, como lo fue también su tío, el abogado tamaulipeco Emilio Vázquez Gómez, quien apoyó a Francisco I. Madero y quien lo nombró secretario de Gobernación, cargo al que renunció Vázquez Gómez con el presidente Madero. Vázquez Gómez era un liberal que no encajaba en el gobierno conservador de Madero. Como su tío, don Emilio Krieger fue siempre políticamente incorrecto. Era un agudo abogado que le gustaba llamar a las cosas por su nombre. Sin rodeos, al pan, pan y al vino, vino. Para él, Salinas de Gortari era un impostor.

Han pasado 24 años desde entonces, cuando el país experimentó una de las elecciones presidenciales más polémicas. Las elecciones del “fraude cibernético”, las de la “caída del sistema”.

La noche de la elección (6 de julio de 1988), los datos que liberaba la Comisión Federal Electoral por medio del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, se interrumpieron. A las 20:00 horas del mismo día, se presentaron en Gobernación los candidatos Manuel Clouthier, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Rosario Ibarra, denunciando la ilegalidad del proceso. En los días posteriores a la elección se realizaron diversas manifestaciones que expresaban el descontento por la manera en que se llevó a cabo la elección.

Las boletas de votación, que la oposición exigía que se hicieran públicas para aclarar las anomalías, fueron destruidas por decisión de la Cámara de Diputados. El resultado oficial fue 50% para Carlos Salinas (9,687,926 votos), 31% para Cuauhtémoc Cárdenas (5,929,585 votos) y 17% para Manuel J. Clouthier (3,208,584 votos).

En los últimos 24 años México ha transitado por un camino de obstáculos. El PRI perdió el poder tras 71 años de gobernar de manera ininterrumpida, se sufrió el magnicidio de un candidato presidencial, se registró un alzamiento armado, el país ha atravesado un largo periodo de crisis económica y el gobierno desató una carrera frontal contra el narcotráfico que ha costado más de 60 mil muertos, un partido de oposición asumió el reemplazo del PRI en el poder, pero el PRI siguió firme sin perder su hegemonía y amenaza con regresar al poder a patadas, como fue sacado por el PAN.

¿Qué ha cambiado entonces? La respuesta es que siguen los mismos vicios: los partidos de siempre, la misma clase política, la corrupción y la impunidad, el desempleo, la marginación y la pobreza. Sin excepción en todos estos años todos los candidatos presidenciales han lucrado con la bandera de los problemas sociales, por cierto, éstos cada vez más graves.

En qué se traduce todo esto. En la falta de credibilidad y confianza en las instituciones. No hay legitimidad, no hay consenso social ni político. No hay liderazgo político. Desde los tiempos del general Lázaro Cárdenas no hay un estadista. Eso explica en buena medida porqué cada vez es mayor el número de abstencionistas. Entre 1988 y 2006, según el IFE aumentó en 20% el número de abstencionistas.

Si bien México es una democracia en cuyo sistema de gobierno la soberanía del poder reside y está sustentada en el pueblo, que por medio de elecciones directas o indirectas, elige a las principales autoridades del país, ¿por qué no hay consenso?, ¿por qué tenemos un problema de legitimidad política?

Cada vez son más millones de personas las que no votan. Por ejemplo, la falta de consensos la podemos ver en la diferencia de votos de la elección del 2006, Felipe Calderón obtuvo 14 millones 916 mil 927 votos en contra de 14 millones 683 mil 96 votos a favor de Andrés Manuel López Obrador, la diferencia fue de 233 mil 831 votos, es decir 0.56% de los sufragios emitidos, menos del uno por ciento.

Aquí hay un problema de legitimidad y aún peor si se le agregan los casi 9 millones de votos que obtuvo el PRI. Y a lo que habría que sumar a los abstencionistas. Es decir, en las elecciones 2006, el IFE registró a 71 millones 374 mil 373 electores, pero la participación fue de 58.55% de los ciudadanos empadronados. Eso significa que Calderón fue electo con el respaldo de apenas el 21% del electorado total. Es decir, Calderón contó sólo con dos de cada diez ciudadanos con derecho a votar. Por eso Calderón recurrió a “legitimarse” con la guerra declarada al narco y el apoyo de las fuerzas armadas.

Esto plantea una crisis de gobernabilidad. Los datos son duros. Calderón ha sido un presidente sin legitimidad, como lo han sido los últimos presidentes desde Carlos Salinas de Gortari. Lo peor puede estar por venir. Aunque las encuestas digan que Enrique Peña Nieto tiene la mayoría de las preferencias de los consultados eso no significa que tenga consenso. No se trata de ganar las elecciones sino de gobernar con consensos que es igual a legitimidad.

Bien lo decía el constitucionalista Emilio Krieger, un presidente sin legitimidad puede terminar por ser un impostor.


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