H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

Carta de un suicida

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Escribo estas letras, con los ojos llenos de lágrimas. Me duele el corazón, es una sensación indescriptible, como si alguien abriera mi pecho lentamente, y ahogara en mi todo deseo de seguir viviendo. Sí, he decidido irme, irme de una manera absoluta, terminar con esto, y solo me gustaría que no encontraran mi cuerpo, que la intriga se apoderara de ellos y dijeran, ¿adonde fue?

A veces, en mis sueños más profundos, imagino que mi cabeza estalla, pero también, que mi cuerpo implosiona llevándose hasta el último rastro de materia. Luego, al despertar, descubro mi triste realidad, ¿se puede estar más solo?, ¿se puede ser más infeliz?

Recuerdo la ilusión con la que ingrese a la milicia, lo hice por amor a mi país, pero también, por el sueño de mi madre, de verme vestido con el uniforme, convertido en un flamante soldado. Me esmere por cumplir ese anhelo, con la idea de que serviría a mi nación con entrega y entusiasmo.

Hasta que llegó aquel fatídico día. El Coronel Estévez, había dado la orden de avanzar por territorio enemigo, colocándome al frente una treintena de hombres. Cumplí las órdenes al pie de la letra, pero nunca imagine lo que estaría por suceder. Al hacernos del control de una de las aldeas, encontramos a una anciana en una de las cabañas, la rodeaban tres niños pequeños, quienes aterrorizados, se escondían detrás de su huesudo cuerpo.

Sus ojos parecían abandonar las órbitas presas del pánico, ¡pobre vieja! A pesar de haber sido educado con rigor, yo siempre intentaba ser amable con las mujeres o los ancianos, desde luego con los niños, gente que no tenía la culpa de nuestros conflictos.

Reconozco que muchas veces, me vi cegado por el rencor, como aquel día en que golpee a un soldado enemigo. Lo hice con tal fuerza que fracture dos de mis dedos, sabía que ese hombre, torturo vilmente a decenas de soldados de nuestro bando. Lloré del odio, pero después me asuste, pues yo mismo desconocía los sentimientos de brutalidad que se habían despertado en mí.

Estévez había ingresado a la cabaña, con ese aire frío que le caracterizaba, el bigote perfectamente recortado, su mirada atemorizante, que fulminaba a todo aquel que se interpusiera ante sus órdenes.

¡Coronel!, solicito su autorización para entregar en la frontera a esta anciana, con los tres niños,  conforme a los tratados  y convenciones en la materia, le dije a Estévez. Me miro sonriendo. ¡No teniente!, ¡fájese bien los pantalones!, esta será su prueba mas importante, y si la cumple, le irá bien, dijo Estévez.

¡Escuche bien mi orden teniente!, quiero que frente a mi, elimine usted a estas personas, que son enemigos de nuestra patria. La familia de estas personas, torturó y asesino cobardemente a nuestros soldados, hombres como usted y como yo, que luchamos por la libertad.

Las palabras de Estévez taladraron mis oídos, no podía creerlo, ese hombre, quería que dejara atrás mis principios, y masacrara a esa gente.

¡Mi Coronel!, le pido respetuosamente, que me permita resguardar a esta anciana y a los niños, pues son personas inocentes y ajenas al conflicto. ¡Teniente!, ¡le ordeno que cumpla con mis órdenes!, o de lo contrario, lo encerraré por insubordinación, y colaboración con el bando enemigo. Ahí donde los ve, son nuestros enemigos, ¡olvídese de la convención y los tratados!, esto es una guerra, y nadie se enterará de lo sucedido, dijo retadoramente Estévez.

Le pedí que por lo menos, les permitiera vivir a los tres niños, pero fue inútil, el Coronel, mando llamar a una decena de soldados, alegando que si no lo hacía yo, cualquiera de ellos cumpliría su orden. Me negué, y ante eso, Estévez desenfundó rápidamente su revolver, sin darme tiempo de reaccionar, me quede helado, inmóvil. De tal manera, presencie el cruel asesinato de esa pobre anciana y aquellos niños inocentes, a quienes el malvado Coronel, victimó de un tiro en la cabeza.

La sangre corrió, hasta rozar levemente mis botines. ¡Le falta mucho Teniente!, ¡el ejército es para cabrones con huevos!, dijo Estévez mirándome fijamente. Los soldados abandonaron el lugar, dejándome solo ante aquella terrible escena, aquellos cuerpecitos inocentes, que parecían dormir boca abajo, Aún llevaban sus pijamas blancas, manchadas por el rojo espantoso de su propia sangre.

Admito que la guerra, endureció por mucho mi corazón, sin embargo, jamás atentaría contra personas indefensas, nunca contra niños. Abandone la cabaña, y a solas, llore desconsoladamente, gemidos lastimeros brotaban de mi garganta, mientras las imágenes de aquellos pequeños, se presentaban una y otra vez en mi mente.

Este soy yo, German Michel, de 34 años de edad. Alguien que alguna vez, creyó en la libertad, en la dignidad humana, en que se puede ser alguien, sin pasar por encima de otros.

Reconozco que desde niño, fui extraordinariamente sensible, no me gustaba quedarme solo, y cuando mis primos visitaban la casa de la abuela durante las vacaciones, lloraba sin parar durante horas, al saber que volverían a sus hogares.

Añoraba los juegos en el campo, mi familia numerosa que al morir la abuela, lentamente se fue desmoronando. Así se derrumbo mi fe en los demás, así se vino abajo mi amor propio.

Pido perdón a todas aquellas personas, a las que consciente o inconscientemente lastime. Perdón a quienes les falle, no quise hacerlo.

A ti madre, por todos tus desvelos, por aquellas manos tiernas, que cuando era pequeño me estrecharon con tanto amor. ¿Recuerdas cuando me recibías en las madrugadas?, ¡pobre madre!, preocupada por el hijo ausente.

Adiós a ti, Enrique, mi mejor amigo. Creímos alcanzar juntos ese ideal de convertirnos en héroes de la milicia, ¿recuerdas?, hicimos aquel pacto de sangre, donde juramos que jamás nos separaríamos, que siempre permaneceríamos unidos. Gracias a ti conocí el amor perfecto, que no pide nada a cambio, que se acrecienta día con día. No olvidaré tu mirada, tus nobles manos, tus hombros fuertes de hermano leal.

A ti padre, donde quiera que te encuentres, solo quiero decirte que no te guardo rencor. ¡Como me hiciste falta!, ¡como necesite de tus consejos!, ¡de los abrazos que nunca tuve!

Siempre sufrí en silencio. Al final, cuando me sentía triste, todos cambiaban la plática, evadían el tema. Crecí y me eduque para complacer a otros, y hoy, no puedo mas con ese lastre.

Al ver el álbum familiar, veo lo mucho que he cambiado. Las fotos de cuando era niño, un niño feliz, que abría los brazos a la vida. Cambiaron mis ojos, aquella luz de inocencia, se transformo en soledad, en vacío.

Te recuerdo con cariño amiga Marisol, mi confidente única. Sabías en que momentos me afectaban las cosas, entonces, te acercabas a limpiar mis lágrimas diciéndome, ¡pareces un crío!

Me despido de mi mismo, de ese German ausente, de aquel German enfermo gravemente de dolor.

Recuerdo esa noche terrible, en que las imágenes de la guerra sangrienta invadían mis sueños tornándose en pesadillas. Decidí encender veladoras y orar por todas esas almas. ¿Qué hacía un hombre como yo en la milicia?, y que estúpido pensar que con oraciones, borraría aquel dolor. Permanecí de pie toda la noche, en señal de franca penitencia.

Pero los sueños no se iban, un poco de mi se había perdido con aquellos muertos, los ojos hirientes de los que agonizaban desgarraban mis recuerdos.

Quiero pensar que el frio de esta bala, lo calmara todo. Quiero arrebatar mis pies del piso, desaparecer, volar sin ojos y sin cuerpo. Que la sangre, mi sangre, manche las paredes blancas, y que mi recuerdo, se aleje por los aires en silencio. ¡Que así sea!


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