El concierto

Orquesta sinfónica de Chiapas

Orquesta sinfónica de Chiapas

Mas allá de las definiciones técnicas, siempre he pensado que el concierto, no es solamente un acto material ‘’per se’’, en donde se unen, orquesta, y solista, en el afán de compartir solo música. Va mas allá, seguramente, el propósito del compositor, (hablamos de Beethoven, Rachmaninov, Prokofiev, etc.), es sin duda, alcanzar la trascendencia.

En ese acto alucinante y místico, que llega a ser el concierto en sus momentos más álgidos, algo divino se presenta, el teatro o sala, se convierte de pronto en el templo. El director es el augur que con su vara, divide y ordena a los elementos, sobretodo, el aire, a través del cual viaja esa perturbación periódica llamada sonido.

El solista, con toda su maestría, adquirida a partir del dominio de la técnica, puede llegar a desdoblarse, dentro del clímax del concierto. En mi admiración por los grandes ejecutantes, los he visto con los ojos en blanco, pálidos y sollozantes, he escuchado temas, que arrebatan el alma por su ternura o calidez. Todos los adjetivos caben en el concierto, las interpretaciones pueden llegar a ser, adorables, violentas, e incluso tristes.

Hay frecuencia en la música, matiz y color, pero sobretodo, la música, que se alejó evolucionando de la vieja y barroca necesidad de parecerse a la naturaleza, se parece cada vez al sentimiento mismo. Algo que es de origen abstracto, pero en cierto momento, guardando cierto enlace, entre solista y espectador, adquiere forma y cuerpo, simplemente, parece arrancar de nuevo al solista del piso, pero también al escucha, si se encuentra en esa misma frecuencia.

Al final, de eso se trata, y digan lo que digan los historiadores o cronistas, aún por encima de la obstinación de los propios compositores de las obras. Ellos escribieron, y crearon, para arrancar un suspiro, una lágrima, o incluso un susto.

Y aunque componer o crear, es inicialmente un acto personalísimo, el concierto es una acto colectivo por naturaleza, y trascendente por consecuencia.

Es  un proceso alquímico de interesante conformación. Del autor, al ejecutante, del ejecutante, al espectador y de este a la trascendencia de su ser. Sea cual fuere la naturaleza del músico, si este arranca un suspiro o una emoción, habrá logrado su objetivo, pero tratándose del concierto, encontramos mayores retos. No solo hay que tocar, también hay que interpretar. Además de llevar el tempo, el director de orquesta es una suerte de traductor que según su criterio, y conocimiento de la partitura, le brindará a la interpretación el sentido, y la intensidad que el compositor buscaba, además de su sello muy personal.

También el director interpreta, pues en el existió de inicio el mismo proceso creativo que en el músico. Leyó la partitura, quizás la memorizó, la entendió, y la expuso en los ensayos a los músicos. En ese tremendo proceso de ida y vuelta, el solista puede llegar a convertirse, en algo más que humano, una suerte de médium, que le presta su cuerpo al espíritu del compositor, un ser desencarnado como Mozart, o Bach. Al cerrar los ojos al calor de la música, parece que en el sonido depurado de lo instrumentos, encontramos el mentón de Beethoven, su melena prodiga, su expresión de incomprensión o furia.

Si los científicos señalan que somos lo que comemos, los creadores, los magos que tocan el corazón con su arte, son la viva representación de lo que crean. Ellos son su música. Notablemente, sus obras, dibujan el contorno de su cuerpo espiritual.

Las obras de Beethoven, son su encarnación misma. Arrebatadoramente sensitivo, de carácter volátil, pero en plenitud permanente. Fúrico y claro está, brioso por excelencia.

Pero también la música de Chopin es su propio espejo. Vulnerable, sarcástico y delicado. Deliciosamente romántico, hasta casi llegar al empalago.

Tchaikovski, intenso y halagador, pero endemoniadamente frustrado por momentos. Esa frustración, hay que decirlo, se torna hiriente y lastimosa.

El director de orquesta, da la espalda al público, y permanece de frente a los músicos. Pero el mismo, podría estar frente al público y la orquesta entre uno y  otro. No es así, por cuestiones de tradición, por cuestiones de etiqueta y sonoridad, pero además, el increíble proceso creativo y alquímico se refleja de nuevo. El director, lanza el sonido abstracto e invisible a través de su batuta, la música, nace en los dedos del intérprete, y este se lo devuelve al público, en un espejo colorido e invaluable, que ese regalo de Dios representa.


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