El retrato

Madame Soler

Entendemos por retrato, a la descripción plástica de una persona, pudiendo caber dentro de la pintura, la escultura, y la fotografía de manera preferente.

El origen del retrato, se remonta a épocas antiquísimas, en donde inicialmente, se representaba a las personas de un modo primitivo, obedeciendo a las costumbres y ceremonias propias de aquellos tiempos.

En Grecia por ejemplo, predominaron las efigies e interpretaciones de los dioses y los héroes, quienes en un ámbito pleno de alegorías, convivían en un mundo maravillado por la mitología.

En Egipto por otro lado, se representó a los faraones en un concepto muchas de las veces funerario, logrando obras de gran virtuosismo, como siempre, la parte ritual y mística, influye notablemente en la creación de las piezas.

El retrato evoluciona como el arte mismo, y de las líneas y trazos rígidos, se logra aterrizar en la estética del movimiento, la búsqueda obsesiva de la luz, y el paso al manejo del color. En esa evolución, Para el pintor o retratista, el color es la piedra filosofal de su manufactura, su control, determinará sobretodo a partir del Renacimiento, una exploración incesante, que lleva a los artistas a buscar nuevas tendencias.

Es el Renacimiento, una de las etapas más prolíficas y brillantes del retrato. Tenemos a un Rafael Sanzio, (1483-1520), de quien podemos destacar numerosas obras de gran belleza, y que con el Retrato de Julio II, deja atrás la representación típicamente jerárquica y frívola, mostrando a un Papa atribulado, en un logro interesante del retrato emotivo.

No podemos dejar de lado a Tiziano, autor de una obra de gran luminosidad, cuyo cromatismo es un referente forzado en la historia del arte. El momento histórico de Tiziano, esta influido todavía por la religión y el poder de las familias italianas, y su impresionante obra, deambula de las escenas mitológicas, a los retratos de dignatarios y nobles de su tiempo. La expresividad de su obra, es de un verismo trascendente, como es el caso de El Caballero del Reloj, cuya pureza de formas y austeridad, propone una joya artística, tan sofisticada como inquietante.

En El Retrato de Piero Aretino, Tiziano inaugura un momento inédito para el retrato, la incesante búsqueda del color, por encima de los alcances del dibujo en sí.

Otro gigante del retrato, es sin duda Velázquez, (1599-1660), pintor de cámara de la corte española, para quien trabajó hasta el final de sus días, y cuyo estilo va, del claroscuro a los trazos largos y abocetados, antecediendo al Impresionismo. Memorable es su obra Las Meninas, donde el artista alcanza una plenitud sin precedentes, logrando un realismo casi fotográfico. Convertido en un cronista pictográfico, Velázquez retrata igual a príncipes que a bufones, siendo el retrato de Inocencio X, una de sus obras más admiradas, donde destaca el vigor, el trazo rotundo, y la impactante mirada del vicario de cristo.

Mucho tiempo después, a la llegada del surrealismo, el retrato modifica sus alcances y motivaciones. El realismo, y la expresión verosímil de los rasgos, ceden el paso a una estética novísima, por tanto casta en su contexto. La técnica del color y la luz, siguen jugando un papel fundamental, pero a diferencia de otras tendencias, el surrealismo juega con los espacios de manera desafiante.

 Un claro ejemplo, son los retratos de Salvador Dalí, (1904-1989), como el Retrato de Paul Éluard, donde el personaje, reconocible por sus rasgos, parece brotar de la nada, rodeado e infestado, de seres casi amorfos, que enriquecen una fauna onírica e inquietante.

Otro distinguido ejemplo, es Retrato de Mae West que puede utilizarse como apartamento surrealista. En él, Dalí utiliza los rasgos de la legendaria actriz, representando a la nariz, ojos, cabello, boca y barbilla, como si fueran muebles, chimenea, y cortina de un apartamento, dando un ejemplo interesante y creativo de arte objeto pictórico. Los retratos de Dalí, suelen respetar los rasgos característicos de sus modelos, utilizando a menudo el fondo como escenario alterno, donde aparecen imágenes lúgubres o fantasmales, que pudieran ser parte de un sueño liquido.

Espacio aparte, merecen los retratos del genial Pablo Picasso, (1881-1973), dichas obras, están imbuidas por la diversidad de su autor, se encuentran alejadas de toda etiqueta, son parte igualmente, de un prolífico abrevadero.

Militante activo del Cubismo, bajo su manto protector, destacan retratos como el de Dora Maar, pleno de colorido. En este caso, el realismo fue dejado atrás, en la búsqueda de una línea analítica e introspectiva, que fragmenta la figura humana a modo de caleidoscopio. Es la interpretación del autor, el cual usa el nombre de los modelos que le inspiran solo como un mero referente. Los retratos de Picasso, llegan a ser bocetos, o dibujos muy bien logrados, otros al modo de rápidas rubricas que se antojan amorfas, y que debilitan la sesuda paz de los tradicionalistas. Mi admiración rendida, al retrato de Madame Soler. La figura de la dama, aparece adosada por el fondo azul hipnótico. Resalta la negra cabellera, que a su vez contrasta con los tenues trazos del contorno. Picasso, consigue una obra de magistral elegancia, alcanzando tocar un ambiente plenamente fantasmal. La mirada del personaje, parece evocar a un acertijo misterioso, se antoja arrancada de una historia tan enigmática como lúgubre.

Desde Da Vinci, hasta Francis Bacon o Andy Warhol, fueron todos tentados por el retrato. La posibilidad de atender al trazo, la proporción y el rasgo, siempre han inquietado a los artistas, quienes ven en el retrato, la manera de perpetuar su legado, pero también, desafiar la aburrida permanencia de lo establecido, que lastima la creatividad del artista de vanguardia.


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