El simulacro

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Mis sueños eran recurrentes. Admito que mi obsesión por la muerte es algo que siempre me ha perseguido, me veo desde arriba, postrado en un catafalco artesanal.

Tal vez mi baja autoestima provocó esas sensaciones. Me preguntaba, ¿Qué se sentirá presenciar mi propio funeral?, verme elegantemente ataviado, con un traje negro, con esa belleza que la muerte brinda. Los ojos más que cerrados, sellados por siempre.

He visto los ojos de los muertos, su color blanquecino es atemorizante. Los párpados, de modo formidable, ocultan esa horrible verdad, presionan el globo ocular, de forma que no hay duda, que aquello que llamamos alma, abandonó el cuerpo; tal vez de un modo inesperado.

Todo en mi ceremonia debía ser perfecto, cuidadosamente organizado, las velas rojas, el olor a sándalo, y el terciopelo negro de las cortinas. Alrededor, fotografías amplificadas de mi nacimiento, y de los momentos trascendentes de mi vida, aunque debo decirlo, muchos de los pasajes más entrañables, nunca fueron en realidad documentados de modo visual.

Es triste reconocerlo, pero la gente que llegué a amar, nunca me correspondió, siempre estuve condicionado, a los caprichos de los demás,  nada me fue gratuito, incluso, el aparente amor que conocí, que no fue otra cosa que interés pernicioso, por el que siempre tuve que pagar.

Pagar una copa para obtener una cita, brindar regalos costosos, pero lo mas doloroso para mí, haber entregado mi confianza, mi tiempo, en aras de un sentimiento que nunca nadie me concedió.

Era en los momentos de gran soledad, cuando tenía esos pensamientos, amén de los propios sueños al respecto. Heladio, ¿has pensado quien iría?, sus ojos me miraban sorprendidos, se trataba de mi mejor amigo al que desde la infancia conocía.

Él era un hombre maduro y contrahecho, su deformidad de nacimiento, le acarreaba ofensas y abusos que para cualquiera se hubiesen antojado intolerables. Yo siempre lo defendí cuando éramos niños, tal vez por eso, generó una una gran admiración hacia mi persona, la cual debo decirlo, a veces me incomodaba.

Como quiera,  estuvo conmigo, en las buenas y las malas, en mis terribles crisis y delirios provocados por los ataques de pánico; que continuamente me perseguían.

Al morir mis padres en aquel lamentable accidente, recuerdo a Heladio a mi lado, con su mano izquierda que era casi un muñón amorfo sobre mi hombro, lloramos juntos desconsoladamente.

Era mi alma gemela, me sentaba al piano a tocarle los temas que tanto adoraba, sobretodo, los nocturnos de Chopin que provocaban alguna furtiva lágrima en sus pequeños ojos. Muchas veces, al confiarle mis fracasos amorosos, solía tomarme por los hombros y decirme, “eres un gran hombre, vete al espejo, y ahora, también eres inmensamente rico”. “Heladio, querido amigo, cambiaría todo eso por alguien a mi lado, alguien a quien amar”, le respondí.

Solía dormirse vencido por el cansancio, al calor del ajenjo que ambos tomábamos en generosas cantidades. Aquellos eran días de fiesta, recorríamos el mundo disfrutando de grandes recepciones en mi casa, de pronto, mi agenda de amistades se había ampliado, sin embargo, siempre supe que aquella gente, solo buscaba mi dinero.

Heladio, “¿has pensado en quien vendría a mi funeral?, tal vez Isabel, el primer amor de mi vida, aquella que después de haberme prometido su corazón, jamás volvió a contestar mis llamadas”. “O a lo mejor Enrique, quien me traicionó hacia mucho tiempo, pisoteando el enorme aprecio que siempre le brindé.” Después de todo, conocía yo a mucha gente, compañeros de trabajo, y más que nada, rivales, personas que en su afán de llegar alto, deseaban verme muerto.

Querían mi posición y mi talento, ¡pobres ilusos!, a pesar de todo, en la madurez de mi existencia, era consciente de lo que tenía. Mi posición, y a Heladio.

La única forma de averiguarlo era fingiéndolo todo. Si, planear un funeral falso, reproducir mis recurrentes sueños, no importa lo que costara, podía pagarlo. Heladio, “¡amigo mio!, tu me ayudaras, coordinarás todo, es el plan mas ambicioso de mi vida”.

“¡Me atemorizas!, solía decir mi deforme amigo, tu ambición es desmedida, no se adonde pueda llevarte todo eso, pero sospecho lo peor’’, decía Heladio, llevándose las manos a la frente.

“¡No! amigo, todo será cuidadosamente bien planeado, tu te harás cargo de cumplir mis órdenes, solo tu puedes hacerlo, solo en ti confío’’, le solicité. En tales momentos, Heladio se negaba a atender mi plan, ‘’no te condenes, solía decirme, ‘’no juegues con la muerte, solo Dios decide como y cuando, debemos partir de este mundo’’. ‘’Tu lo harás Heladio, jamás te he pedido nada, te saque de la ignominia en que vivías’’. ‘’ignore tu deformidad, te he vestido con los mejores trajes, te he comprado a mujeres esculturales, sin mi no eres nada’’, le repetía. Luego, el arrepentimiento por mis duras palabras me invadía, y terminaba abrazándolo, llorando con el por nuestros múltiples desengaños. Después, terminaríamos desfalleciendo por los efectos del ajenjo, ahí, junto a la chimenea.

Luego de convencerlo, pedí a Heladio que hiciera invitaciones en base a una agenda personal. Una vez anunciada mi muerte, debería distribuir esas invitaciones. Se me ocurrió también, que al llegar, a los asistentes se les hiciera entrega de una carta confidencial, la cual contendría reproches e insultos, con el propósito de hacer sentir mal a cada uno. Eran cartas reveladoras, de aquellos sentimientos, con los que fui lastimado por esas gentes, y que cada uno alimentó en mí.

Estaban escritas con rencor, eran hirientes, humillantes.  Pase días enteros pensando en lo que cada quien representaba para mi, y aunque despreciaba a todos por igual, me esmeraba por relacionar el texto, conforme a la personalidad de cada uno.

Aunque la ambición y la falsedad, era un vinculo que los relacionaba a todos, existían diferencias que yo deseaba resaltar, claro esta con el afán de castigar sus consciencias.

Era increíble mi capacidad para planearlo. Disfrutaba siendo meticuloso en el proyecto que consideraba, el más ambicioso de mi vida, la organización de mi propio funeral.

Por fin, algo llenaba mi vida, estaba realmente contento. Yo mismo decoré el salón donde velarían mi cuerpo, claro está, un cuerpo falso, pero cuidadosamente arreglado. Se ofrecería una cena en una gran mesa, habría vinos caros, además de un regalo sorpresa, consistente en un viaje para dos personas, a sitios insospechados.

¡Claro!, eso garantizaría que estuvieran ahí, como siempre, compraría a las personas, solo que esta vez, sería a mi manera. Recibirían su merecido, saldrían de ahí humillados, luego de haber cenado, después de habérseles entregado el regalo sorpresa, pues la carta sería leída en público, posteriormente.

Habría también, un pequeño estrado, desde el cual Heladio con su voz pausada y grave, leería cada carta. Era una broma terrible y macabra, pero me divertía pensar en ella, me hacia sentir poderoso.

Un día antes, visité el salón, ubicado en mi casa de las afueras de la ciudad, una quinta apacible, rodeada de árboles y bellos jardines. El muñeco era idéntico a mí, la calma de su rostro me estimulaba, que piel tan bellamente blanca, mi cabello negro, adosado por esos ojos  cerrados por siempre.

Incluso, al tocarlo, podría sentir aquella piel suave y fría, aquellas manos inmóviles y delgadas. Pasé horas contemplándolo, como siempre, al calor de grandes dosis de ajenjo, como siempre, en compañía de mi inseparable Heladio.

El día había llegado. Heladio anunciaría mi muerte ante la prensa de la ciudad. El mismo día, repartiría de manera formal las invitaciones cuidadosamente selladas. Yo, contemplaría desde los ventanales de la quinta, la llegada de todos. Y fue perfecto, al punto de las doce de la noche, los dolientes comenzaron a llegar, eran justo aquellos a quienes esperaba, sabía que todos irían solo por el interés del viaje, el cual habían encontrado adjunto a la invitación.

Debo decirlo, vestían sus mejores galas, ¡que gusto ver a Don Sergio!, el mismo que me negó el ingreso a la asociación de amigos del arte, un hombre zalamero y libidinoso. También a Gorostiza, quien en una ocasión me golpeó hasta dejarme inconsciente, aquella ocasión, escape entre los matorrales como una zorra huyendo de su cazador. Sara Rubiales, mujer vanidosa y bella, una autentica meretriz, dispuesta a las peores bajezas, con el fin de conseguir posición y fortuna. ¡Eran todos!, todos en quienes pensé, todos aquellos que me lastimaron, vendiéndose por una cena y un viaje, ¡estúpidos!

Pero yo, en mi calculadora inteligencia, había mandado construir un palco, arriba de las escalinatas, para observar toda aquella escena, desde ahí, nadie podría verme, y con ayuda de unos catalejos, contemplaría aquella obra, la obra de mi vida.

Los invitados, de sentaron alrededor del ataúd, mas de alguno, fingió una lágrima, tocándolo de manera insistente, ¡hipócritas!, ni siquiera se imaginaban los que estaba por suceder.

Después de hacer sonar una pequeña campana, Heladio anunció la cena, todo el salón, alumbrado por una tenue luz. Entonces, los invitados, se miraban unos a otros como extrañados, fue en ese momento, que Heladio se acercó al estrado, encendió el micrófono, y empezó a leer cada una de las cartas.

Fueron leídas, utilizando un lenguaje pleno de sarcasmo. Los rostros de los invitados se desencajaron, algunos incluso palidecieron, dejando de lado los platos, otros acudieron presurosos al baño, a vomitar los alimentos. Desde las alturas, ahí, junto a la escalinata, yo reía desde mi palco de honor, era una risa insatisfecha; acaso una mueca de dolor.

Para cerrar con broche de oro, había contratado los servicios de un enano, el cual ingresaría al salón vestido de bufón. El hombrecillo, hacía unas formidables piruetas, con el fondo de música medieval.

Todos estaban desconcertados, era un momento incómodo, justo lo que yo requería. De pronto, observe a través de uno de los ventanales, no daba crédito a lo que veía, una treintena de personas, pretendían ingresar a la casa. Sin embargo, había yo dejado instrucciones precisas, de que los encargados de la seguridad, no permitieran el ingreso a nadie que no portara la invitación.

Ahí estaba Lucita, aquella pobre mujer que me había criado como nana. Llevaba más de treinta años trabajando para mi familia, y yo, la había expulsado de la casa familiar al morir mis padres sin ninguna justificación. También estaba el Dr. Saavedra, una de las personas que mas me ayudó en momentos de dificultad, y al cual abofetee alguna vez por una diferencia estúpida. Parece mentira, pero olvidé a toda esa gente, los saque de mi vida. Ahora entendía, que yo mismo, desde mi superficialidad, había provocado mi fracaso sentimental.

Había niños que conocía de siempre, personas a las cuales jamás les otorgue siquiera, una sonrisa o un agradecimiento, casi todos, seres humildes y buenos. Nunca pensé que buscaran estar en mi funeral, y al no permitírseles ingresar, decidieron armar una pequeña ceremonia a las puertas de la casa.

Encendían veladoras, y rezaban oraciones fúnebres. Me sentí el ser más nefasto sobre la tierra, Corrí a una de las habitaciones a buscar dinero, tome lo más que encontré. ¡Eso es!, con dinero remediaré todo eso, con dinero pagaré esos perdones, que mi alma atormentada necesita.

Baje corriendo por las escalinata, atravesé velozmente el salón, plantándome frente a los invitados. Entonces llamé su atención a gritos, ¿saben?, ¡no estoy muerto!, ¡estoy vivo!, pero ellos no me miraban, parecían no advertir mi presencia.

Inútilmente, rasgue las cortinas, derrame la comida sobre la mesa, pero nadie me advertía. Entonces, corrí hacia la puerta, con las bolsas de dinero, ¡aquí estoy!, ¡no estoy muerto!, ¡miren!, ¡les traigo dinero para que me perdonen!

Todo era en vano, por más que los tocaba, ellos no me miraban. Corrí hacia el féretro, con la intención de sacar al muñeco de ahí. Grande fue mi sorpresa al sentir su enorme peso, había algo raro en él, su expresión no era la misma. Tome un cuchillo de la mesa, abriendo en canal al muñeco, y así demostrar a los presentes su artificialidad. ¡Dios mio!, tiene carne y huesos, ¡Heladio!, dime ¿Qué esta pasando?, ¿Cómo es que soy yo?, pero Heladio, no respondía a mis preguntas.

Me dirigí a la habitación contigua al salón, necesitaba verme en el espejo. Grande fue mi horror, al ver mi rostro terriblemente desfigurado, la sangre en mis manos, la carne viva en mi cuello. Sobre la cama, un periódico, con un encabezado terrible, ‘’Gastón del Olmo, muere en accidente automovilístico’’.

Estaba muerto ¡Dios mio!, sin darme cuenta de todos mis errores, sin haber perdonado a quienes me dañaron, sin haber agradecido a quienes de verdad me ofrecieron su amistad desinteresadamente. Había muerto equivocado, con el corazón, infestado de odio.

Desde entonces, escribo esta misma historia sin parar, sobre un viejo escritorio, en una mazmorra oscura. Atormentado por unas voces aterradoras, que no dejan de asustarme. No se donde estoy, que Dios me perdone.

* * *




Una Respuesta de El simulacro

  1. René Rivera 07/08/2012 en 1:00 PM

    Es hermoso cuando “verdades” se presentan en la ficción y todo cobra un peso carnal y divino.

    Bonito cuento.

    Se agradecen los momentos donde entregas un poco de ti.

    René

    Responder

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