En julio, bombazos y pollos con gripe

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Luego del atropellado anuncio, del triunfo de Enrique Peña Nieto en los recientes comicios, se han desatado en el país hechos violentos, que involucran coches bomba y balaceras en lo que podría tratarse de una clara lucha por territorios por parte del crimen organizado.

Por si fuera poco, los medios de comunicación, y sobretodo, Televisa, anuncia con bombo y platillo el brote de gripe aviar en granjas de Jalisco, mientras que se descartan, los riesgos de salud para los humanos. Es evidente, el tono protagónico de la noticia acerca de la gripe aviar, y la pregunta es, ¿Por qué si la gripe no representa un riesgo para las personas, se le otorga ese espacio?, claro, dirán los directivos de esos medios, que informar es parte de su derecho, y que en caso contrario, se les censura. ¿Censura en los medios oficiales?, aquellos que borran la cara de sus enemigos, alegando problemas de edición, en una actitud tan demoledora como revanchista.

Control o línea editorial dirán otros, pero la línea editorial la disponen ellos, precisamente, quienes dirigen esos medios. Ante la rapacería de los medios oficialistas, a los lectores, usuarios en desamparo, nos queda bien claro, cuales son los medios a los que se debe recurrir, en caso de buscar la verdad. Una verdad, en todo caso, mas cercana a los hechos, sin contenido faccioso, o parcial. Recuerdo amargamente, cuando un jerarca de los medios me asesto en la cara una frase tan violenta como desafortunada, ‘’nosotros decimos lo que se nos viene en gana’’.

Y es que la historia se repite, en una sucesión interminable de hechos, que hoy como nunca, nos enlazan a generaciones anteriores. Ahí está por ejemplo, el arribo al poder de Carlos Salinas de Gortari, ante un México visiblemente fragmentado. el rostro de Salinas en el Congreso de la Unión, es de antología, su nerviosismo, se sabía ilegítimo, y aun así, se colocaba la banda presidencial, en un gesto que recordaba a un Bonaparte henchido de soberbia. Napoleón se coronó así mismo, en un acto fastuoso que guardaría el gran cronista visual Jacobo Louis David, en una hermosa obra de arte. En ella, se puede contemplar el rostro estupefacto del Papa Pio VII, a quien Bonaparte arrebata la corona. Una Josefina condescendiente (no Vázquez Mota sino Bonaparte), y una grey de cortesanos, unos sorprendidos, otros abatidos por la realidad de un soldado, que de héroe paso a ser emperador, y todo por sus propios fueros.

Claro esta, uno tuvo a sus pies a la historia, otro a un país hambriento de esperanza, a uno lo perdió la vanidad, al otro la sed de poder, esa necesidad de relección, que lo llevo a convertir el país en un gigantesco laboratorio del poder.

A transformar al candidato de su predilección en un conejillo de indias, en un experimento que detonó en tragedia nacional.

Guardaremos las legítimas proporciones, entre uno y otro, si acaso, el hecho de la coronación de ambos, bajo sus propias manos, ejemplifica la sed de poder de los dos, la complacencia o el asombro de quienes les rodearon. Cortesanos y enemigos, como siempre, enlazados como hermanos para la foto, pintura, en ese circo de hipocresía que casi siempre representa la política.

Pero volvamos al Siglo XXI, donde los medios de comunicación ejercen sobre la población un poder insospechado. Seamos honestos, en todo el orbe, los medios se ajustan a la idiosincrasia de los pueblos, buscando extender sus tentáculos recurriendo a las dolencias, atavismos, tabúes y temores, de los grupos a los que manipulan. Es un juego tan triste como despiadado, pues las victimas de ese mal que representa la información facciosa, le presta su mirada a esas pantallas, donde la violencia y la miseria humana, se enaltecen triunfales. Claro, las grandes corporaciones se anuncian, venden sus productos, en bolsas mitad aire mitad veneno, los pobres paisanos los compran, y adquieren además una mortal contraprestación, la creencia en una falsedad. Mientras los productos inflados de conservadores destruyen sus cuerpos, a la sazón y para no variar, los programas, realitys y demás bodrios televisivos, destruyen sus mentes, sus anhelos y su capacidad de asombro.

Si alguien supo lo que significaba el poder de los medios, ese fue Adolf Hitler, si hoy alguien sabe de su magistral poder, son exactamente los mismos, no Adolfo Hitler, cuyos restos  posiblemente se encuentren entre los tesoros de algún fanático pro nazi, sino aquellos que decidieron detenerlo. Fueron ellos, los aliados,  quienes en nombre de la democracia, enjuiciaron a los líderes nazis, indultando a gran parte, negociando con otro tanto, para luego aplicar sus mismos métodos, del 45, hasta nuestros días.

Hoy nuestro México, es un país digno de Hitler, violencia en las calles, bombas, y atentados. Atentados a todos los valores, no a los valores que promueven los medios, no,  valores reales, la dignidad, la tolerancia, el respeto a la vida humana. El miedo como estandarte de salvación, la sangre y la violencia como una moneda de cambio, ellos controlan con sus filtros nuestra opinión, es decir, el triunfo de esta, el intercambio, el diálogo como una forma de transformación. Si no eres del grupo, no pasas, simplemente, tus papeles se perdieron, tu expediente se extravió, ya no te dieron cita. Lo sentimos, vuelva mañana, no hay tiempo para nosotros.

¿Quien son ellos?, yo diría, los mismos, todos y ninguno, es decir, todos para celebrar, todos para sabotear, todos para detener los cambios naturales, cíclicos que reclama la sociedad. Todos y ninguno, sí, ninguno para hacerse responsable, ninguno para poner el ejemplo, ninguno, para dar la cara. ¿Quién mató al comendador?, ¡Fuenteovejuna señor!, reza aquella inmortal obra de Lope de Vega, en donde la unión del pueblo triunfa contra la tiranía. Tristemente, Fuenteovejuna, se entiende hoy, exactamente al revés, Fuenteovejuna no es el pueblo que triunfa contra el despotismo, Fuenteovejuna son ellos, ¿Quiénes?, los mismos, hoy y siempre; todos y ninguno.


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