Fiesta en Palacio Nacional

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

En un evento que recordó por mucho a las grandes recepciones ofrecidas por Agustín de Iturbide, o Antonio López de Santa Anna, donde abundaba la autocomplacencia y la zalamería, Felipe Calderón Hinojosa, ofreció en fecha reciente un mensaje en Palacio Nacional, lo anterior, con motivo de su Sexto Informe de Gobierno.

Es importante señalar, que el evento fue acuerpado por adultos mayores, sectores beneficiados por los programas sociales que promueve el Gobierno Federal, y robustecido con la presencia de funcionarios de primer nivel, tanto como la cúpula empresarial en pleno.

En su pragmático mensaje, Calderón exaltó las políticas empleadas en la supuesta defensa de la seguridad pública, y en detrimento del crimen organizado, convirtiendo en lugar común las críticas a su gobierno por el excesivo uso de la fuerza pública en tales encomiendas.

Utilizando frases a modo, Calderón habló de la defensa de la economía y la competitividad, la estabilidad y el crecimiento, liderazgo exportador, disminución de la pobreza, y honestidad de los cuerpos policiacos y militares.

Felipe Calderón obvio en su mensaje, los pobres resultados de las políticas educativas, de salud, y empleo, haciendo especial énfasis en la construcción de hospitales y recintos, aun cuando la propia sociedad civil, ha dado cuenta una y otra vez, de los escasos alcances en la aplicación de programas sociales.

Con la voz entrecortada por ocasiones, el jefe máximo de la República se dirigió a la nación como si se tratara de un virtuoso padre, que solicita a la familia que preside, el sacrificio máximo en aras del fortalecimiento de sus coyunturas. Padre iracundo, pero fiel al ente familiar que lo respalda en sus aventuras, sabe alzar la mano con disciplina, pero recompensa en el camino, a todos aquellos que le otorgan solvencia moral a sus mandatos.

Es como aquel Fernando Soler de “Una Familia de Tantas” (1948), un padre providencial (por antonomasia), al cual en sus amorfos discursos nadie se atreve a interrumpir, a menos que se trate de alguno que otro aplauso condescendiente.

Todo es alegre y “chic” en Palacio Nacional, las grandes damas con sus bolsas Louis Vuitton, los hijos de los empresarios a la suerte potentados, cuales príncipes de una novela azul, desdibujada acaso por al contraste de los pants azules, que portan las ancianas del INAPAM.

Es una fiesta en donde brillan todos, aquella donde los antiguas beligerancias se tornaran en asequible amabilidad, por los menos durante las casi dos horas que dura el acto. Y de ello da cuenta la presencia de Carlos Slim, lo mismo que Emilio Azcárraga, Diego Fernández de Cevallos, o Ernesto Cordero, unos y otros enfrentados por la divergencia de los intereses, amamantados en la ocasión, por la ubre gigantesca del poder que a todos seduce.

Luciendo un bronceado perfecto, Calderón se regodeó cuando citó de modo unilateral los supuestos avances en educación, rescate de espacios públicos, democracia y derechos humanos. Mientras el todavía presidente predicaba su exorcizador monólogo, los asistentes se miraban unos a otros extrañados, arrebatados por el aplauso que desde la impunidad o la condescendencia, brotaba de las entrañas de Palacio Nacional.

Sumergido en su miopía, física y mental, Felipe Calderón intento dar vuelta a una página gris que difícilmente olvidará México. Los números rojos en cuanto a violación de los derechos humanos se refieren, el pobre crecimiento económico, el fracaso ante la lucha contra el narco. La ostensible ausencia de estrategias en la prevención por el consumo de drogas, la falta de articulación de leyes que castiguen el lavado de dinero, el bajo presupuesto otorgado a la cultura y las artes, y ni que decir de la educación, secuestrada por los intereses de un sindicato con poderes vitalicios.

Si Calígula fue capaz de sepultar con honores a una mosca, o nombrar cónsul a su caballo, Calderón lo superó en excesos, intentando enterrar la doliente memoria de los mexicanos, al solicitar un voto de confianza a favor del presidente electo. Se pavoneo falazmente, vitoreando la pluralidad de una democracia corporativa, disfrazada de alternancia. Fue más lejos de nuevo, que el emperador de infausta memoria, Nombrar cónsul a un caballo resulta cómico, bautizar con el apodo cruel de “daños colaterales”, a la muerte de inocentes, resulta de un humor más que negro; verdaderamente macabro.

Todo era regio en la noche de Felipe de Jesús. Al finalizar el acto, las fuerzas del orden entonaban el himno nacional, el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas era franqueado por los titulares del Poder Legislativo y Judicial, aplaudido por muchos, increpado por el silencio acusador de otros tantos.

Las notas del “Cielito Lindo” brillaban al final, Calderón se despide de sus colaboradores, aliados y contrincantes con un furtivo saludo,  acaso, la mirada tibia y desafiante que le caracterizó. Abraza a Alonso Lujambio, quien yace postrado en una silla de ruedas, calvo, y con un parche en el ojo derecho. La imagen desdibujada del otrora poderoso Secretario de Educación Pública, bien puede simbolizar el triunfo del destino sobre el hombre, destino que por el momento, parece no avasallar a Felipe Calderón.


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2 Responses to Fiesta en Palacio Nacional

  1. Rene Rivera 10/09/2012 en 9:11 PM

    buenísima crónica

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  2. Rocaportense 16/09/2012 en 11:11 PM

    Leer esta nota fue un placer. Bien Aldo.

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