Madeleine

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Era una adolescente hermosa, de ojos violeta, cabello sobrecogedoramente negro, y piel blanca. Su nombre, Madeleine, perteneciente a la casta de los Shabirak, antigua y numerosa familia de brujos por tradición.

Dicha familia, compartía el territorio de Huitz, allende las montañas, con los Etgark, casta rival de magos, caracterizados por su piel morena, y ojos negrísimos.

Ambas familias, estaban separadas por un muro invisible que solo Tuk, un anciano que vivía en medio de las dos castas, podía ver. Tuk, tenía derecho de pase por el muro, el cual no podía ser desafiado por nadie, pues aunque no era visible, al intentar rebasarlo se interponía una energía de gran poder. Tuk, Se decía descendiente de los dioses, y todas las noches amenazaba a las dos castas con lanzarles terribles conjuros, si se atrevían a cruzar el muro invisible.

Tuk conocía bien las escrituras sagradas, en donde se asentaba desde tiempos inmemoriales, que ninguna de las dos castas podía tener contacto, excepto la noche de la tregua, fiesta tradicional, celebrada cada seis meses. La noche de la tregua, era la celebración más importante, la única ocasión en que las dos castas podían convivir, usando un túnel para evadir el muro.

Había bailes exuberantes, y todos se sonreían de modo amable, aunque en el fondo sintieran odio entre sí.  Los Shabirak, alegaban ser poseedores de la verdad, diciendo que el origen de la vida se encontraba en la hechicería, pues el dios de nombre Gastabo, la había originado, según ellos, en un gran caldero en medio de los bosques.

Por su parte los Etgark, aseguraban que los Shabirak eran malos, pues usaban animales en sus ritos, y toda clase de brebajes perniciosos y despreciables. Ellos creían ser los herederos de la tierra, y solo esperaban a que su dios llamado Tunskamo, se las devolviera en un acto mágico de reivindicación.

Mientras en medio del bosque se celebraba la noche de la tregua, el anciano Tuk predicaba las escrituras a unos y otros. “¡Ya lo saben creaturas atormentadas!, la hechicería no es lo mismo que la magia, la magia es alta, porque trabaja con las frecuencias y las vibraciones, y la hechicería es deplorable y salvaje, porque trabaja con los objetos y las semillas del mal”, decía Tuk en tono amenazante.

“A ninguna casta le es dado unirse, o sentir amor por la otra, y cuando eso suceda, uno de vosotros el que cometa el grave perjuicio, será envenenado y despertado de entre los muertos, devorara sin piedad a tres infantes de la casta contraria. ’’ Tal era la sentencia de Tuk en las noches de tregua, mientras que las dos castas se miraban con desconfianza unos a los otros, pues durante la celebración nocturna, era probable que alguno sintiera amor por el otro.

Madeleine amaba a Bruno, joven de la casta de los Etgark, pero se lo reprochaba a si misma. Lloraba noches enteras, pues el joven la miraba de manera incesante. En silencio, también Bruno sufría por ella, púes en sus ojos radiantes encontraba calma y ternura. Ambos sabían que el castigo por desafiar las leyes era terrible, los dos entendían lo diferentes que eran el uno del otro, ella bruja y el mago, sin embargo, les resultaba doloroso ocultar lo que sus corazones les dictaban.

Una noche de tregua, Bruno siguió a Madeleine hasta un riachuelo, sin que los padres de ambos se dieran cuenta. Ella pretendió ocultarse tras un enorme árbol, pero Bruno la alcanzó tomándola suavemente por los hombros. La miro fijamente con sus enormes ojos negros, las morenas manos, contrastaban con la tersa piel blanquísima de Madeleine.

“Madeleine, ¡yo te quiero! Espero ansioso la tregua para mirarte, pienso en ti, en tu cuerpo ligero que el aire conmueve levemente’’, le dijo Bruno angustiado. Ella, lo abrazo tan fuerte, como si en eso le fuera la vida. Eran dos seres disímbolos, separados por las leyes y la tradición de sus pueblos, pero tentados por el amor.

Fueron varias las ocasiones, en que ambos se vieron a escondidas, Entonces, Madeleine retozaba sobre el pecho fuerte de su joven amado, ambos tumbados sobre la hierba húmeda del bosque. No importaba más las diferencias, solo importaba ese instante, en que el tiempo y el miedo se detenían.

 Llego el fatídico día, en que el anciano Tuk los descubrió, entonces, les hizo juicio público a ambos, condenando a Madeleine al veneno mortal. “¡Que sea a mi a quien se castigue oh sabio Tuk!, soy yo el culpable de tentar a Madeleine”, grito Bruno con todas sus fuerzas. Pero fue inútil, “la decisión esta en los dioses”, agregó el viejo Tuk, ordenando la muerte inmediata de Madeleine, y el encierro de Bruno.

Y así fue. Esa triste noche, Madeleine, fue enterrada en una oscura cripta, mientras Tuk conjuraba a los demonios de la noche, invitándolos a tomar el cuerpo de la joven después de muerta.

“Vamos espíritus del dolor, tomen ustedes este joven cuerpo, que se levante de las sombras, y coma a los niños de la casta Etgark.”

Dentro de su negro catafalco, yacía Madeleine como dormida. Su rostro con un brillo mortecino, la boca entreabierta y los labios morados. Esa terrible noche, los Etgark aseguraron todas sus puertas, pero como temían un castigo mas duro de los dioses, decidieron abandonar a tres niños pequeños a su suerte, para que Madeleine los devorara.

De las sombras de la noche brotó Madeleine, ya no era aquella hermosa adolescente de mirada serena. Su piel amarilla y grotesca, los ojos desorbitados y amenazantes. De su boca, provenía un sonido extraño, un gemido ronco y lastimoso.

Sin ninguna piedad, Madeleine, tomo entre sus manos al primer niño, arrancando de tajo su pequeña cabeza, hizo lo mismo con los otros dos. Esa noche, el dolor y el miedo se apoderaron de la calma, los demonios danzaban triunfantes entre los árboles, al ver terminada su triste empresa. Pobre Madeleine, convertida en un espectro aterrador, su cabello en girones, y las uñas largas sangrantes.

Han pasado doscientos años desde entonces. Con el tiempo, se descubrió que el muro invisible era falso. El viejo Tuk murió linchado por ambas castas, quienes al descubrir la verdad, rompieron en cólera, destruyendo los sagrados pergaminos, que por cierto, no tenían letra alguna.

Desde aquellos años, de lo profundo del bosque, se escucha la voz de un joven que llora por su amada, cada cierto tiempo, de tanto en tanto, desaparecen tres niños de sus aposentos, los cuales se dice, son arrebatados de los brazos de sus madres mientras duermen. Qué dolor y tristeza, el que sufre el pueblo de Huitz, maldecido por el odio que los azota.


* * *


Una Respuesta de Madeleine

  1. rene rivera 24/08/2012 en 5:34 PM

    estoy seguro que puede ser el inicio de una buena trilogía… quiero saber mas…
    disfruto mucho la fantasía oscura

    Responder

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