Retrato de un jerarca

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Al filo del mediodía, en un exclusivo hotel de la ciudad de México, un hombre atraviesa el lobby. Camina resuelto, lleva un traje azul de botones dorados. El bigote, perfectamente recortado, lustrados los elegantes zapatos. Avanza hacia una mesa, donde le esperan dos personas.

Con sus manos extendidas, parece adelantar un abrazo en franca señal política. Quienes le esperan, se levantan apresuradamente, apenas ven que el notable personaje rebasa el umbral de la puerta.

Cuidadosamente y antes de sentarse, el fino caballero desabrocha los botones del saco, y toca sus mancuernillas, solo para mostrar su atavío de gentleman capitalino.

Se trata de Emilio Gamboa Patrón, sin duda, uno de los políticos más hábiles de los últimos treinta años. Con derecho de picaporte en el sexenio de Miguel de la Madrid, Gamboa tuvo la gracia de ser tocado por el poder siendo aún muy joven, cuando fue secretario particular del fallecido presidente. Desde ahí, y con la tenacidad de una hormiga, tejió redes e intereses afines a su permanencia dentro del difícil ejercicio del poder público.

De curriculum envidiable, Gamboa ha encabezado posiciones importantísimas dentro de la administración pública, tales como el Instituto Mexicano del Seguro Social, El INFONAVIT, la Lotería Nacional, y la poderosa Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Desde el inicio de su trayectoria, Gamboa probaría sus dones de “concigliere” del poder, al servicio de intereses cupulares.

Aquellos personajes con los que cruzo caminos en ese oficio de tinieblas, pronto darían cuenta del enorme talento de Emilio Gamboa para las relaciones públicas, situación que lo llevo a convertirse en legislador. Desde ahí, Gamboa se convirtió en un real cancerbero, defendiendo los intereses de los grandes consorcios mediáticos en la famosa “Ley Televisa”.

Ya en el oficio legislativo, Gamboa es un verdadero as de la negociación, no se despeina, rara vez alza la voz, no luce fuera de si. Es un tipo duro, forjado en las entrañas de la política palaciega. Otorga abrazos a sus contrarios, y acepta uno que otro aplauso adulador, de aquellos que incluso, formando parte de otra bancada, le rinden su mas sincera admiración.

Luego de una álgida jornada, el Senador Javier Lozano se acerca a la curul de Gamboa, extendiéndole la mano en gesto diplomático, el Senador priista acepta el guiño sin levantarse jamás de su asiento. En su mirada hay incredulidad, el rostro y la postura, son  de un hombre que sabiéndose “viejo lobo”, rara vez pierde el glamour.

Enemigo de discusiones y debates agobiantes, Emilio Gamboa prefiere trabajar a hurtadillas, lejos de la confrontación y el desgaste inútil. Su principal virtud, la rapidez y la precisión. En su manejo de medios, Gamboa saca sus mejores armas, su mejor y más florido repertorio de ideas, frases que acompaña con movimientos determinantes.

Acusado por algunos, de abrir los espacios al narcotráfico durante su paso por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, Gamboa no ha estado exento del lodazal mediático, cuando se difundiera una conversación telefónica entre el y Kamel Nacif. En esta, el poderoso empresario textil, presionaba al político para no impulsar reformas contrarias a sus intereses.

Ahora que encabeza la bancada del PRI en el Senado de la República, Gamboa se ha preocupado por dejar en claro que la agenda legislativa de su partido, es en realidad la agenda del Presidente de la República. Podríamos rasgarnos las vestiduras señalando que el compromiso de un senador, es con el pueblo de México, sin embargo, estaríamos olvidando que Emilio Gamboa, es una pieza más del entramado del poder. No del poder establecido y limitado por las leyes que nos rigen, sino del poder de facto, aquel que se ejerce al margen de toda norma escrita y aplicada. Su tablero es un inmenso ajedrez de influencias, comidas importantes y convenios no escritos. La política como una extensa e interminable alfombra roja, donde la premiación es vasta y pródiga para quienes la conocen.

Desde su curul, el Senador Emilio Gamboa se mueve como un halcón, hace llamadas, saluda desde lejos, y se toca el cabello casi nerviosamente. En uno de los pasillos, un trabajador administrativo se lamenta, “A ese cabrón no hay que escucharlo, hay que taparse los oídos cuando habla, es como el canto de las sirenas, si uno le da chance lo convence porque lo convence”. De eso se trata ¿que no?, de convencer, de allanar el camino, le respondo, es el juego del poder.

Afuera del senado, la prensa corre apresuradamente. Entre tanto micrófono y cámara, apenas se distingue la cabeza de un hombre casi pequeño, motivo de las aglomeraciones de los reporteros. Emilio Gamboa sobrevive al embate de los medios, contestando pausadamente las preguntas, marcando el ritmo del diálogo, con la precisión de un cirujano.

Mientras los reporteros se pelean la nota, Gamboa se escurre distrayéndolos con un vendedor de camotes. ¡Camotes para todos!, grita. Entonces, a paso veloz aborda el lujoso vehículo que ya le espera. Se aleja en silencio en la inmensa ciudad, tan inmensa como el poder de un habitante más. Emilio Gamboa Patrón, representa la evidencia más clara de que el poder nunca termina, que todo se vale, en ese tejido seductor y lascivo que representa la política.


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