Salinas, la retórica persuasiva

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Es el año de 1988, un nervioso, pero templado Carlos Salinas de Gortari, se coloca la banda presidencial. La misma que lo inviste, como el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, Primer Magistrado de los Estados Unidos de México. Se trata de uno de los momentos de mayor tensión en el país. Ante gritos y consignas, el cuestionado ganador de la contienda, parece salir airoso, a un lado, quedan los votos de miles de mexicanos, el encono ciudadano de una sociedad hambrienta de cambio.

A partir de entonces, Salinas, de un innegable talento para el poder, sienta a su lado a los adversarios, pacta con sus oponentes, pero castiga duramente a quien no le favorece en su criterio político. Para la posteridad, quedan los casos de Joaquín Hernández Galicia, o Carlos Jongitud Barrios, otrora aliados del sistema, condenados a la ignominia y al olvido, por la dura mano del omnipresente Salinas de Gortari.

De pronto, el milagro parece cobrar fuerza. Luego de reagrupar su poder, Salinas toma el timón de un país, que se retorcía bajo las sombras de la ilegalidad. Estabilidad económica, seguridad, y paz social, son las características que el propio régimen promueve.

Recuerdo su presencia en Guadalajara, cuando la Cumbre Iberoamericana, mis primos y yo fuimos a verlo. A la distancia, parece algo jocoso pero es real. Sí, muchas de las familias de entonces, no nos perdíamos los discursos interminables de Salinas, en donde aplaudía el famoso Programa Nacional de Solidaridad, “vamos a jalar parejo”, consagraban los anuncios televisivos.

Lo recuerdo pequeño, delgado y algo rojizo, salió de su vehículo para saludar a la multitud que le aplaudía. Debo reconocer, mis primos y yo, cercanos a la adolescencia, también le aplaudíamos. Era un hombre que lucía pulcro, pero además, su palabra precisa, su sonrisa perfecta, lo llenaban todo.

Y le creímos. ¿Como olvidar las revistas extranjeras?, las cuales, le dedicaban sendas portadas, amén de encabezados lisonjeros. Desde hacía mucho, México no protagonizaba en el escenario internacional como entonces. Daba gusto, ver aquellos discursos a la hora de la comida, discursos en cadena nacional, en donde Salinas, hablaba de la incorporación de nuestro país a las grandes ligas. Cada movimiento, cada mirada, parecía cuidadosamente ensayado. Pero eso lo descubriríamos después.

Que los políticos de ese nivel, es decir, los hombres educados para gobernar, se ven al espejo, tienen asesores, que les dicen, como hay que caminar y vestirse.

Sin embargo, el caso de Salinas era “sui generis”. Cachorro de la  revolución, tuvo una formación privilegiada, con inclusión de viajes al extranjero, y más de alguna recomendación de papá.

Amparado bajo un cuidadoso manejo de su imagen pública, Salinas se rodeo de jóvenes pulcros y educados, provenientes muchos de ellos, de importantes Universidades de los Estados Unidos, como Yale, Harvard, o Stanford. Jóvenes dinámicos, que solían llevar traje y corbata, sin faltar el reloj casio, que los hacia ver un poco yuppies.

Las entrevistas, eran al calor de la agenda de trabajo, o muchas de ellas, incluso, cuando el Presidente, hacía ejercicio. Como aquella famosa, donde se ve a Justo Ceja, su Secretario Particular, y a la postre, prófugo de la justicia, corriendo tras el en short.

Toda aquella parafernalia de México en el mundo, parecía de ensueño. George Bush, refiriéndose a Salinas, como si se tratara de un héroe, hablando incluso, en tono muy poético, de la grandeza del águila azteca. Todo, de la mano de un gran hombre, el mismo que modernizaría a México, aquel que reanudaría las relaciones diplomáticas con el Vaticano, el mismo que posibilitaría la apertura de los mercados, el hombre fuerte, el factótum que todos esperaban.

Si Carlos Salinas de Gortari, represento con gran éxito, el ingreso a la modernidad tan promovida por su propio gobierno, del otro lado, personificó también, la mano represora que no tembló, ante el desmantelamiento de grupos estudiantiles de izquierda, y la misteriosa desaparición de integrantes del PRD.

“Haz el bien por mano propia, y el mal, delégalo en segundas manos”, reza una antigua frase política. Salinas lo intuyó, lo entendió y lo hizo.

Espacio aparte, merecen sus mensajes a la nación, como aquel en donde da cuenta de la presencia del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, en el Sur del país. El entonces primer mandatario, tildó a sus miembros de ‘’profesionales de la violencia’’, impulsados por intereses extranjeros. O aquel donde aparece anunciando, su enorme tristeza por la muerte de Colosio, su hijo putativo, al que acompaño en las honras fúnebres en la sede del PRI, donde por cierto, fue despreciado por la multitud, quien le gritaba ¿Quién fue?, ¿Quién fue?, pregunta que hasta hoy, sigue sonando a reclamo.

En el 94, aquel ansiado anhelo de modernidad se vino abajo, o mejor dicho, Salinas logro la apertura del país, conforme a los ideales del neoliberalismo. La ansiada joya de la corona, la entrada en vigor del TLC fue amenazada, precisamente, por la llegada del EZLN al escenario nacional, obstaculizado por un Luis Donaldo Colosio, conflictuado con el padre político. En ambos casos, el ganador sería Salinas.

El EZLN, encabezado por un extraño líder, portador de una pipa, el cual además de escribir poemas, y cubrirse la cara con un pasamontañas, manifiesta una gran sed de protagonismo. Los extranjeros, ajenos a la realidad de nuestro país, aplauden dentro y fuera, la incursión a la escena pública, de este misterioso personaje. Ya vimos, a la distancia, que los escépticos tendrían razón, la situación del Sur mexicano no cambió, y el papel del célebre “hombre de estambre”, no fue más allá de una serie de marchas por el país, rodeado de un séquito interminable de admiradores. Una extraña mezcla entre “El Santo el enmascarado de plata”, y “El Che”. De nuevo, la extraviada idiosincrasia del mexicano, manipulada por la mano de quien sabe quien.

Lo cierto, es que Colosio murió, y “El Sub Comandante Marcos”, no es parte ya de la realidad actual del país. Salinas vive, y la distancia que lo separó de México, solo sirvió para replegarse, y adquirir nueva fuerza.

Hablamos de un orquestador, un “conciglieri”, alguien a quien le deben mucho los empresarios emergentes de aquellos años, incluso también, los Partidos Políticos, que nacieron en su tiempo, al amparo de la pretendida alternancia. Fundador de instituciones, como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la retórica de Salinas, se mueve, del folclore a la autocomplacencia. La suya, es una personalidad digna de estudiarse. Un hombre, como todo líder de su categoría, que se crece ante la crítica o lo adverso, que aguanta tal vez, el paso de una aplanadora por así decirlo, sobre sus hombros. ¿Qué otra cosa es la opinión pública, sino una gran aplanadora?, aquella que unge con la lisonja, para luego castigar cuando ya no le conviene.

El poder calculador de Salinas, descansa sin duda en los atavismos del propio país. El mismo derecho que se le dio al ceñirse la banda presidencial, es el que hoy reclama al volver, incólume, a la gran pasarela de la política. Un hombre de academia, apasionado, soñador, vanagloriado de si mismo. Aquel de las huelgas de hambre en Monterrey, verdugo de Zedillo por el ‘’error de diciembre’’, de la mirada demoledora hacia sus contrarios, del abrazo y palmada con sus aliados, y el guiño coqueto con la prensa.

Amado y odiado, así es Salinas. Alguien a quien es fácil descubrir durante sus entrevistas, como aquella que le hiciera Denisse Maerker, en donde se autonombra “facilitador”, y cita burlón la “corta memoria de los mexicanos”.

O aquella que le hiciera Jorge Ramos, donde lacónico se promueve como víctima. La ironía y el sarcasmo, son parte esencial de su vocabulario.

El vocabulario de un hombre, que jamás abandonó las intrigas de palacio. Preparado para morir y renacer, en ese peligroso mundo que le depara el poder, a aquellos que como él, no podrán ser juzgados tal vez, por los mortales. Si acaso, tal vez solo la historia, si acaso, en su momento; solo por un poder muy superior.


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