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Claudio Arrau, devoto del piano

Claudio ArrauClaudio Arrau

Claudio Arrau

Un hombre de frac cruza el escenario del teatro, es pequeño, pero en su andar refleja la seguridad del que sabe lo que hace. En el Beethovenfest de 1970, el maestro Claudio Arrau resucitó al genial sordo de Bonn.

Con la precisión de un cirujano, Arrau recorre el piano, arrancándole sonidos que erizan la piel. Nunca nadie interpretó a Beethoven con ese denuedo, con ese fervor que atrajo las miradas de toda Europa, a la que conquisto en sus históricos recitales que hoy nos constan a partir de la magia del video.

En dichos documentos visuales, podemos apreciar al maestro ya en plena madurez, ostentando toda su genialidad en pianos de la marca Blüthner. El difícil como frío público alemán, contemplaba durante horas al chileno nacido en Chillán, en 1903, y que se convirtiera en toda una adquisición del arte, bajo la batuta del maestro Martín Krause.

Son de antología sus interpretaciones de Liszt, Chopin, Shumann y desde luego, Ludwig Van Beethoven, honrado y revivido una y otra vez, en la extensa trayectoria de Arrau.

Al ver esos videos, nos queda clara el despliegue técnico de esa gran intérprete que fue Arrau, sin embargo, sus gestos señalan claramente y sin engaño, el contacto que el artista logra con el instrumento. Es un diálogo sin palabras, pero pleno de elogios entre uno y otro.

Arrau lleva al instrumento hacia el éxtasis, y este en señal de recompensa, le devuelve al pianista sonidos únicos, armonías que rozan claramente la excelsitud.

Aunque latino por nacimiento, Claudio Arrau forjó su carrera en Alemania, desde donde vivió con horror la Segunda Guerra Mundial, y que se convirtió en su hogar, y el lugar que le vio nacer por segunda vez como artista.

Al escuchar la celebérrima Sonata para Piano N.14, conocida como Sonata Claro de Luna, con Arrau al piano, no puedo más que conmocionarme. El primer movimiento Adagio sostenuto, transmite una emoción que parece provenir de otro mundo, las lamentaciones musicales permiten reconocer a ese Beethoven romántico, que alcanzaría la cúspide con ese retrato musical de la melancolía que refleja el conocido movimiento, sus notas incisivas así lo manifiestan.

El segundo movimiento, nos muestra un gracioso equilibrio representado por el Allegretto, un amable minueto que no advierte de modo alguno la gran tormenta que se avecina.

Como es usual entre un movimiento y otro, Claudio Arrau hace una pausa, se repone levemente, y como si se tratara de un deportista cuya labor física resulta agotadora, se lanza sobre el teclado para incendiarlo con el tercer movimiento.

Con esa sucesión de arpegios y escalas, el Presto agitato es un juego musical entre nota y nota, que hace parecer al artista como un cazador de mariposas, alguien  que atrapa sonidos en el aire, para entregarlos al espectador.

Entre una y otra nota, hay una infinidad de latidos, gotas de sudor, secreciones visibles e invisibles pero sobretodo castidad en la forma de interpretar. Ese tercer movimiento, nos presenta al Beethoven que todos queremos ver, pero que nadie quiso enfrentar, el hombre entrado en furia, cuya mirada de enojo inquietaría a cualquiera.

Todos los espectadores acuden a esa eucaristía que es el concierto, y el sacerdote oficiante es el gran músico Claudio Arrau. Hipnotizados por la seducción de la música, al final, no hacen otra cosa que aplaudir como chimpancés pero si pudieran, sin duda, llevarían en hombros al artista, como si se tratara del héroe de una batalla.

Arrau se levanta, agradece los aplausos con una leve caravana, vuelve otra vez en señal de protocolo, aunque interiormente sabe que lo tiene todo. La gracia de ser un grande, el haber conquistado los premios más importantes que un músico pudiera anhelar, el Premio Liszt, la Medalla Hans Von Bülow, la Legión de Honor de Francia, el Premio de Música de la UNESCO, el Premio Beethoven de Nueva York, entre muchos otros.

El Maestro Claudio Arrau, nos dejó al cumplir 88 años en 1991. Abandono el cuerpo físico, luego de haber disfrutado de una vida plena, dedicada en mayor parte al difícil instrumento que es el piano.

Alumno de Martín Krause, quien a su vez fue uno de los discípulos de Franz Liszt, y este a su vez de Carl Czerny, el cual tomó clases con Beethoven.

El linaje musical de Arrau por lo visto, apunta exactamente hacia el Ludwig Van Beethoven, no es de extrañar que el preciado conocimiento que celosamente se transmitía de alumno a maestro, llegara como preciosa joya a las manos del insigne Chileno poeta del piano.

“La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido”, reza una frase del legendario Leonard Bernstein. Y así, ciertamente era Claudio Arrau, un ser maravilloso que al tocar nombraba lo innombrable, un hombre que al abandonar la sala de música, permanecía en la contemplación de su inmutable pentagrama.

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Una Respuesta de Claudio Arrau, devoto del piano

  1. mauricio 30/05/2013 en 12:05 AM

    Claudio Arrau fue y es, para mí, el más grande artista de la interpretación pianística que ha visto el mundo.

    Responder

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