H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

“Darwin en el basurero”

El pepenador digital

COLUMNA el pepenador

Si está leyendo esto es porque usted es de los nuestros. Uno más de los pececillos que aleteamos a golpe de ratón, hipnotizados, en este mar cada vez menos virtual que es internet y que está lleno de basura. De hecho, más que un océano, esto es un inmenso e inodoro vertedero, y nosotros sus ratas. Buscamos y rastreamos cualquier cosa que nos sirva para alimentar nuestra sed de información y entretenimiento entre las toneladas de chatarra e inmundicia despreciable que hay en la Red, hasta dar con algo que se aproxime a nuestras pretensiones. Pero muchos otros no son capaces de encontrar una lata oxidada como ésta que usted está leyendo. Se quedan en el camino, se pierden o terminan con una dosis de cualquier pendejada para calmar su adicción. ¿Somos todos igualmente capaces de abrirnos paso en este basurero?

Si Charles Darwin hubiera nacido en este siglo, habría encontrado un ecosistema único en el mundo donde la selección natural no existe. Este hábitat, artificial y caótico, es la red global: internet. A diferencia de la naturaleza en equilibrio moldeada por la evolución de las Islas Galápagos, en este tiempo no sobreviven los mejor adaptados o quienes poseen de forma innata (genética) mejores características para lograrlo. La brecha digital, cada vez más amplia, sumada al absoluto desorden al que la red somete a millones de personas con sus constantes cambios, hace que este mundo hoy se divida en unos pocos informados (hábiles pececitos con acceso a la tecnología y capaces de discernir lo tóxico y superfluo de lo verdaderamente útil), y analfabetos: víctimas del poder supremo de quienes controlan los medios y del propio medio en sí.

Vemos pues, que (como decía McLuhan), estamos siendo masajeados por los medios y las nuevas tecnologías de la información. Los analfabetos de la sociedad de la información también se distinguen por no tener acceso -o no saber acceder correctamente- a la información. Son víctimas de la tecnología y sus preceptos, se pierden y quedan varados en cualquier tipo de contenido disuasorio (facebook, candy crush,…), añadiendo las nuevas tecnologías a su forma de vidasin un análisis racional del impacto de las mismas en su percepción del mundo y las relaciones. Compran lo que el marketing vende despiadadamente, interaccionan a la velocidad impuesta y la poca información que consumen, a lo mucho, la toman de Bozzo en formato Televisa.

El periodismo, más infravalorado, difamado y acosado que nunca, es la única fuente capaz de generar, ordenar y transmitir de forma clara y ordenada la materia prima de la Era de la Información. Y lo más importante: de adaptarla para que el resto de zombies cibernautas podamos consumirla. Pero se está consagrando un sistema fordista de producción para servirnos la información como hamburguesas de McDonald´s: fría, industrial, en cadena y sin pasión, al menor coste. Sin profundidad ni análisis, la carrera por vender -mucha- información de forma rápida (y ligada a las nuevas tecnologías), ha modificado negativamente la forma de elaborarla y transmitirla.

Hace poco encontré en la red un documental sobre la obra de Enrique Metinides, maestro del fotoperiodismo de nota roja, quien puede presumir como pocos de poseer una colección única de instantáneas de este género y un archivo documental de la ciudad de México con un valor incalculable. Durante más de medio siglo, Metinides trabajó como reportero en las calles de la capital, cámara en mano. Dedicó años a mejorar su técnica, a mantener y mejorar sus fuentes mientras ganaba otras nuevas. Logró desarrollar un olfato único para los sucesos y con él afinó su mirada fotográfica hasta lograr auténticas joyas del fotoperiodismo.

Metinides representa lo contrario de lo que son hoy los medios y el periodismo. Por un lado, la nota roja, que ha sido vilmente tildada de amarillista y desterrada a un plano secundario, abrazada como un género bello e indispensable para entender la sociedad. Ahora, se suele considerar de mal gusto o innecesaria, como si así fueran a cesar las muertes, asesinatos y atropellos con ello. Por otro, el trabajo documental, largo, progresivo y focalizado en un tema llevado hasta dominar y comprender el asunto lo máximo (humanamente) posible.

Son cada vez más los lectores ávidos de buena información artesanal quienes buscan contenidos diferentes y valiosos. El género documental, sublime y sensato, parece la única alternativa al afán de inmediatez y proporción que se está imponiendo con la cantidad de contenidos que aumenta cada segundo. Pero para lograrlo, es necesario un trabajo minucioso y dedicado que solo el tiempo puede otorgar, y parece que Internet no está dispuesto a cambiar los tiempos que impone. ¿Será el papel la salvación del periodismo?


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