El director de orquesta

El director de orquestaEn el teatro no todo es silencio. La señora regañona de los lentes húmedos mira fijamente al panzón que estira los píes bostezando, ¡qué hombre tan desagradable!, cuchichea.

Hay niños expectantes que acuden al lugar como si fueran a ver a Santa Claus, la madre flaca como una vela, los condiciona diciendo; ¡si están quietecitos les daré galletas llegando a casa!

Mientras la orquesta afina los instrumentos, algunos escépticos se cruzan de brazos, como esperando que el cielo se abra, como si lo que están a punto de presenciar no fuera a cambiarles la vida.

De pronto, un hombre blanquísimo cruza el escenario, viste de frac, sus pasos son lentos, parsimoniosos, parece que lleva el compás hasta en la respiración. Luego de hacer una breve reverencia al público, mira a los músicos, alza la mano como si de la batuta fuera a brotar una bala, de aquellas que usan los jueces para marcar la salida de los atletas.

Miro el programa, “La Danza de las Horas” de Ponchielli, uno de mis temas favoritos, pues además de bello, siempre he pensado que tiene algo de malévolo, quiero decir, solo un poco.

Comienza el jolgorio. Como si se tratara de un amaestrador de elefantes, el director despierta con su batuta encantada a aquel animal enorme que es la orquesta, y como no con tantos músicos, y con tantas cosas en la cabeza de cada uno, a veces el paquidermo simplemente no quiere andar.

El ritmo se impone lentamente, graciosamente, el director a veces se asemeja a un bailarín, que suavemente lleva a una dama de la cintura, entonces ese bailecillo triste del inicio, se torna a momentos desafiante y sensual.

De pronto, parece que todo depende de sus manos, unas manos largas y bellas. Y al decir que todo depende de sus manos, digo todo, absolutamente todo. El aire que en la sala respiramos, cada latido de nuestros corazones, todo va y viene al compas de aquellas manos ya todopoderosas.

Vengan los metales, las percusiones, dan ganas de bailar. ¿Por qué de pronto todos parecemos tan contentos? Cada sonido, cada embate de la orquesta, brota de la punta de la batuta, así parece.

El director es el general de un ejército que arremete con esas balas instrumentales, y que al chocar contra nuestros oídos se expanden entumiéndonos las mandíbulas. Uno, dos, tres, un oboe por allá, una flauta juguetona por acá, los timbales que son como corazones gigantes, no pueden faltar.

Pero también, el director es titiritero, brujo que con sus raras artes, hace que todo suene así. A cada movimiento de sus huesudos dedos, viene una retahíla de notas como respuesta. Entre uno y otro compás, no dejo de escuchar como suenan los colores que brotan de los instrumentos. Trancazos al aire, karatazos de Samurái y el director, baila al son que la orquesta le toca, y baila al son que sus manos le ordenan.

El cielo se abrió, y los escépticos dejaron de serlo, la señora regañona, arrojo sus lentes y se puso a bailar, los niños le hicieron una rueda, la madre boquiabierta, esa noche, se olvido de las galletas de más tarde. Decenas de colibríes salieron de las mangas de la camisa dieciochesca del director, pero también serpentinas, y claro, burbujas que fueron a reventarse contra los fagots.

Cuando salimos del teatro, todos sentimos nostalgia, seguían las calles girando a nuestro alrededor. Yo espere pacientemente detrás de un árbol a que el director saliera por la puerta trasera.

Qué maravilla verlo abordando un Rolls Royce negro, lleno de enanos agitando sus sombreros de copas; aquella noche inolvidable.


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