H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

Mandela, un terrorista con suerte

La Cara B

Discípulo: ¡Pobre del país que no tiene héroes!

Galileo: No, pobre del país que necesita héroes

Discípulo ¡Morirá, pero no se retractará!

Galileo: Me he retractado, pero viviré

                  Bretch, descontextualizado, en Galileo

La pasada semana murió, casi con olor a santidad, el terrorista Rolihlala Mandela (alias “Nelson Mandela”), el Tata del clan Madiba. Nacido el dieciocho de julio de mil novecientos dieciocho, Mandela fue un aborigen negro de la tribu xhosa que pudo estudiar entre los blancos porque su padre era rico y colaboró con el colonizador de su nación. Problemático desde muchacho, fue expulsado de la escuela por generar tumultos, y tuvo que terminar la preparatoria estudiando por correspondencia; luego se graduó como abogado en la universidad, rodeado de blanquitos boers, de los que fueron a “llevar el progreso a África en nombre de Holanda”, como sus primos los belgas del rey Leopoldo y los ingleses de la reina Victoria. Fue en la universidad donde tomó contacto con otros comunistas, y pasó a formar parte de diversas organizaciones calificadas por el gobierno racista blanco como terroristas, que lo condujeron a la cárcel por casi tres décadas.

Protegido por la cárcel desde 1962 hasta 1990, corrió con más suerte que otros de sus compañeros, que terminaron torturados y muertos por la policía del régimen Sudafricano. En un régimen penitenciario de severo aislamiento, Mandela no pudo participar en la lucha contra el apartheid que, a fuerza de desgaste, se fue hundiendo. Envuelto el país en graves problemas económicos a causa de la guerra en Namibia, al apoyo prestado por cubanos, angoleños y mozambiqueños a los luchadores del Congreso Nacional Africano y al boicot casi mundial al comercio sudafricano (con excepciones como los Estados Unidos de Reagan y la Gran Bretaña de Margaret Tatcher, protectores de los racistas), el gobierno lo sacó de la cárcel para llegar con él a acuerdos de transición que permitieron la supervivencia económica de la minoría blanca en el país y evitó el colapso económico de los intereses mineros, como había ocurrido antes en Rhodesia, donde los blancos descendientes de colonizadores fueron prácticamente expulsados (A Sudáfrica, precisamente). Rolihlala, con gran inteligencia, y a pesar de tener una enorme mayoría de compañeros del CNA en desacuerdo, saca el programa pactado adelante, llevando al país a una senda democrática donde la mayoría negra comienza a recibir derechos políticos y humanos, aunque menos económicos. El Tata Mandela se convierte así en presidente, apaga oficialmente el programa atómico (Sudáfrica tenía bombas atómicas, y colaboraba estrechamente con el programa nuclear israelí) y se convierte en el estadista de referencia en todo el mundo. Los medios de comunicación occidentales lo convierten en el Libertador de África, apagando convenientemente a todos los demás que se dejaron la piel literalmente para desembarazarse del yugo colonial y racista europeo.

Terminada su presidencia, y vuelto a casar con la viuda de Samora Machel (el que colocó en la bandera de su país como símbolo de la lucha de la independencia una imagen de un AK-47, primer presidente de Mozambique), y convertido en el abuelito africano bueno que todos quisimos tener, su vida transcurrió plácidamente, recibiendo en su vejez multitud de homenajes, reconocimientos y cierta riqueza económica (peleada ruidosamente por su numerosa y codiciosa familia). Sus discursos y escritos, descontextualizados y censurados (sí, nadie le atribuirá ahora el ”Si hay un país que ha cometido atrocidades inexpresables en el mundo es Estados Unidos. Ellos no se preocupan por los seres humanos” y perlas similares) son ahora textos de motivación y superación, sobre todo después de la película que Clint Eastwood hizo sobre él. Sus palabras son pronunciadas como fórmulas mágicas en conferencias políticas, en eventos de marketing, en cursos de superación personal y, hágame el chingado favor, hasta en iglesias y templos; ya sólo faltan citas de Mandela en las telenovelas.

A su entierro acudirán, como moscas, el próximo quince de diciembre encumbrados políticos, estrellas de rock, actores, deportistas y jefes de estado de países que lo ignoraron o combatieron por décadas (incluyendo el presidente de uno de los países que más lo denigró y ayudó a perseguirlo con su famosa CIA), cuando era un peligro para la paz y para la seguridad de los ciudadanos. Puede que hasta, con suerte, un par de cabezas coronadas se dejen caer por Sudáfrica, en su afán de salir en la foto. Pocos, realmente pocos, sabrán siquiera quién fue realmente Mandela, salvo por cuatro datos sacados de Wikipedia a última hora. ¿Qué importa? Es show mediático y lo importante es el ruido y la fiesta.

Hay terroristas con suerte, donde el azar juega a su favor y terminan muriendo en la cama, como Simón Bolívar (el para los españoles de su tiempo, terrorista del decreto de guerra a muerte, similar al propugnado por el CNA en los sesenta), ricos, como Thomas Jefferson (el primer disolvente del Imperio Británico), poderosos como Mao, o famosos, como El Che. A estos se les borra el ominoso apellido terrorista y entran en la historia como héroes o estadistas. Eso sí, descafeinados. Para los otros, que se dejaron la piel en el camino, los Biko, los Santucho, los Lumumba, la pesada losa del apellido.


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