H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

Revalorando a Ratzinger

Aldo Fulcanelli

Aldo Fulcanelli

Un hombre octogenario abandona lentamente la sede de los poderes pontificios, su mirada apacible, contrasta duramente con la imagen que los medios han ofrecido de él. Tachado de encubridor, impostor y hasta demoniaco, Joseph Aloisius Ratzinger conocido como Benedicto XVI, ha sido junto a Pio XII muy probablemente; el pontífice más odiado del Siglo XX.

Este último, fue acusado de guardar un silencio criminal ante el genocidio cometido durante el Régimen Nazi, contra millones de judíos. Aunque las teorías tanto revisionistas como negacionistas al respecto llenan tomos enteros de libros, los abusos de altos representantes de la jerarquía Católica en Europa, sobre todo contra aquellos que profesaban una religión distinta, fueron muy claros. Muestra de ello fue el infausto papel que desempeñara el Arzobispo Croata Aloysius Stepinac, y cuyo  respaldo a regímenes fascistas, permitió la conversión forzada al catolicismo de cientos de ortodoxos, muchos de los cuales fueron torturados ante su negativa, o incluso asesinados.

Nacido en Baviera en 1927, Ratzinger abrazo la carrera sacerdotal en 1951, dedicándose con fervor al estudio y enseñanza de la teología en las Universidades de Bonn, Münster o Tubinga. Desde su trinchera de académico, Ratzinger defendió innumerables ocasiones el diálogo con los pensadores más defenestrados por la iglesia en aquel tiempo, manifestándose como un hombre de ideas, abierto al encuentro y la comunión.

En sus innumerables textos, muy poco conocidos por aquellos que le atacan, el teólogo Ratzinger concibe al cristianismo más allá de una moralista concepción religiosa. Para Ratzinger el escritor, la unidad del amor y la transformación consciente de los seres humanos, determinan su relación con Dios.

Desde sus numerosos púlpitos, Ratzinger rechazó a la Teología de la Liberación, la cual en apariencia, surge en pos de una fe esencialmente latinoamericana, que desde su inicio, busco la restauración de los derechos de las clases sociales desprotegidas, en pos de un nuevo compromiso del catolicismo frente al pueblo.

Si bien es cierto que el nacimiento de la Teología de la Liberación, marco un parámetro, su concepción de lo social la ha enfrentado a numerosos sectores, llevando a sus promotores a una oscura militancia, que se aleja de las tesis de diálogo y encuentro; que el propio Ratzinger ha privilegiado.

No podemos olvidar, que la Iglesia Católica posee su propia Doctrina Social y esta se encuentra reflejada en numerosas encíclicas, tales como “Mater et magistra”, “Gaudim et spes”, o “Centesimus annus”, solo por nombrar algunas. Esa doctrina, se basa primordialmente en el respeto a la dignidad de las personas, considerando que, el hombre es el templo vivo del espíritu, destinado a una vida llena de gozo en comunión con Dios. Por lo tanto, según la Doctrina Social de la Iglesia Católica, toda afrenta contra la dignidad humana, representa una ofensa ante los ojos de su creador.

Sobre este tema, ha sido precisamente Joseph Ratzinger en su papel de ideólogo de la iglesia, uno de los que más ha insistido en que el catolicismo no requiere de una Teología de la Liberación, sino de recolocar las estructuras, al servicio de los necesitados.

En “Mater et magistra”, encíclica promulgada por el Papa Juan XXIII en 1961, la Iglesia Católica determina su punto de vista, de acuerdo a la defensa de la dignidad humana, los derechos de los trabajadores, el derecho a la propiedad privada, así como el uso y disfrute de los recursos que la propia tierra provee. “Mater et magistra”, es un documento hermoso no solo por el sentido social que la hizo nacer, sino también por la persona que la motivó, Ángelo Giuseppe Roncalli (Juan XXIII), conocido por su intenso carisma y labor apostólica en el mundo.

Quienes critican a Ratzinger, a menudo utilizan como argumento su falta de carisma, comparándolo de modo maniqueo con la personalidad de Juan Pablo II. Sin embargo, entre ambos y a pesar de sus innumerables coincidencias ideológicas, existe una gran distancia que sería prudente aclarar.

Luego de la muerte misteriosa de Juan Pablo I, Karol Wojtyla asumió el Solio Pontificio con el nombre de Juan Pablo II, sin embargo, y contraviniendo los puntos de vista de su antecesor, Wojtyla mantuvo cercanos a personajes oscuros, tales como el Cardenal Jean-Marie Villot, a quien respetó en su posición de Secretario de Estado, a pesar de las fuertes rumores sobre la participación de este, en asuntos financieros que luego detonarían en escándalos.

Espacio aparte merece el caso del Obispo Paul Marcinkus, nombrado por el Papa Pablo VI como Director del Instituto Para las Obras Religiosas (Banco Vaticano), y que con sus malas artes, lograra el enriquecimiento de los recursos de la iglesia por medio de turbias operaciones, relacionadas al lavado de dinero. Wojtyla como en el caso de Villot, mantuvo a Marcinkus en su cargo, protegiéndolo del grave escándalo que supuso la caída del Banco Vaticano (Banco Ambrosiano) en 1982.

El grave momento que vivía la iglesia, permitió que en la fuga de información y tráfico de influencias por el escándalo financiero, se supiera de la relación de Marcinkus y la mafia, tal como su extraña relación con la Logia P2. Ante lo que parecía un cisma, Juan Pablo II supo responder con soltura, enviando a Marcinkus con inmunidad diplomática a los Estados Unidos, y reestructurando el Instituto Para las Obras Religiosas.

Pero el papel de Juan Pablo II, dentro de esos graves tiempos aún se sigue cuestionando. Poco después al destapar la gran cloaca, se sabría del financiamiento del Banco Vaticano a movimientos para-militares y narcotráfico. Después, cuando el sol de nueva cuenta salía, Juan Pablo II sería acusado por sus detractores, de financiar con enormes recursos la caída del comunismo en Europa, y en especial el arribo al poder de Lech Walesa en Polonia, quien desmanteló las antiguas estructuras de poder, facilitando el libre mercado.

Con el tiempo se sabría también, que Juan Pablo II conocía de las acusaciones y pruebas existentes contra Marcial Maciel, tal como lo consigna el libro de Carmen Aristegui titulado, “Marcial Maciel, historia de un criminal”, interesante documento periodístico, que invita a la reflexión.

En esta parte de la historia, Joseph Ratzinger ocupa de nuevo un lugar destacado. En su papel como Prefecto Para la Congregación de la Doctrina de la Fe, órgano colegiado y custodio defensor de la doctrina católica, Ratzinger informó con oportunidad a Juan Pablo II de las irregularidades en que se encontraba la orden de los Legionarios de Cristo, sin que el Pontífice reaccionara con la energía esperada. Por el contrario, durante su mandato Juan Pablo II, privilegió su relación con dicha orden, favoreciéndolos en tratos y prebendas al igual que al Opus Dei.

Es sin embargo gracias a Ratzinger, que se llevaron a cabo las primeras acciones disciplinarias contra sacerdotes acusados de abuso sexual en el seno de la iglesia. Varios de esos correctivos, implicaban el alejamiento de los prelados a la oración íntima, y la separación de sus cargos o parroquias a las que estaban adscritos los acusados. Aunque el castigo parecía leve a comparación del daño causado, las leyes laicas y la historia, se encargarían de poner a cada quién en su lugar.

Pero en el caso de la discutida personalidad de Ratzinger no ha sido así. El otrora pastor y guía ideológico de la iglesia Joseph Ratzinger, encontró en la grave decisión de ser el Vicario de Cristo muy fuertes consecuencias. Su gran labor filosófica como teólogo fue ignorada por la muchedumbre, quienes lo asumieron como representante jerárquico de la iglesia, y depositario de todos sus errores políticos.

Al escoger el nombre de Benedicto XVI, Ratzinger renunciaba al suyo propio y sin saberlo, a su gran labor filosófica al seno de la Iglesia Católica. Sin embargo, a diferencia de Juan Pablo II que solo tomó el nombre de su antecesor por motivos de popularidad, Ratzinger actuó hasta el final con la congruencia que siempre lo caracterizó. El tiempo mostraría que el gran carisma de Juan Pablo II, solo resultó un gigantesco muro de contención para ocultar las operaciones ilegales de la iglesia, y su tórrido romance con personajes de oscuro pasado.

Pero a Joseph Ratzinger, le han dado con todo en las redes sociales, cuyos promotores han actuado con ignorancia y salvajismo tratándose de las campañas de linchamiento al personaje en cuestión.

Los que acusan a Ratzinger de Nazi, ignoran que en aquel momento de la historia de Alemania, era un requisito obligatorio ser enlistado en las Juventudes Hitlerianas, sufriendo cárcel y persecución quienes se negaban. Asimismo, desconocen que el entonces joven Ratzinger desertó al final de la guerra, a la que fue obligado a participar, como cientos de jóvenes en toda Europa.

Los que acusan a Ratzinger por el hecho de haber encabezado a la Iglesia Católica, ignoran que todas las religiones del mundo están constituidas por personas, prelados o jerarcas religiosos, los cuales para subsistir deben apegarse a protocolos y lealtades propias de sus credos.

Los que acusan a Ratzinger por ceñirse la mitra, llevar anillos o usar ciertas vestimentas, ignoran también que prácticamente todas las religiones poseen las suyas propias, y es requerimiento esencial que sus altos representantes, puedan distinguirse de los demás. En síntesis, no es Joseph Ratzinger el culpable de la grave crisis que vive la iglesia, la cual por cierto, no es muy diferente a la que vive cualquier institución promovida por hombres mortales y pecadores.

En su renuncia, Ratzinger deja dos lecciones por establecer y leerse, Una moral, y otra de tintes mucho más simbólicos. La primera es la insistencia de un hombre sano y congruente, en la conversión de su iglesia a favor de las causas sociales justas, la defensa de la dignidad humana, frente a un grupo de élite que secuestro el trono de San Pedro, en pos de sus intereses mezquinos. La segunda mucho más profunda, el retorno de un ser humano (que es mucho más que un prelado) al lugar donde pertenece, el misticismo contemplativo luego de una gran obra de vida.

Joseph Ratzinger pasará a la historia, por haberse negado a seguir siendo Benedicto XVI un prelado más, víctima de los chantajes de los grupos en el poder.

Hoy que su manto no se mira más, conmovido por el aire en los eventos masivos a los que asistía, seguramente, se abren lentamente las alamedas de la historia, para un hombre incansable, cuya labor humana debe ser reconocida.

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