H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

¡Viva Cristo Rey!

Viva Cristo ReyEl 19 de agosto, la Dirección de Comunicación Social de Ixmiquilpan, municipio de Hidalgo, difundía las imágenes del Presidente Municipal Cipriano Chárrez Pedraza, colocándole la banda presidencial al llamado Cristo de Jalpan.

Aunque esta es una celebración tradicional , la cual se viene realizando año con año desde 1947, hoy que el tema de la laicidad ha sido continuamente retomado, las imágenes son una clara muestra de la contrariedad y atavismo, de muchos de los usos y costumbres que  encuentran eco en ciertas regiones de nuestro país.

No está de más decir que las imágenes, difundidas en las redes sociales por el propio gobierno de Ixmiquilpan, causaron indignación casi al instante de ser advertidas por cientos de usuarios.  No fueron pocos, aquellos que invocaron al espíritu del Dr. Jorge Carpizo McGregor, promotor y estudioso del Estado Laico, y sus textos que son infaltables para quien busque comprender tal concepto.

Ante la amenaza del oscurantismo del nuevo milenio, el Dr. Carpizo afirmaba allá por el año del 2010, “Hay que tener mucho cuidado con lo que sucede actualmente en México. Hay que hacer de la defensa del Estado laico un problema propio, porque si se vulnera se daña la tolerancia, la armonía y el respeto a la dignidad humana”. Y continuaba el emérito estudioso del derecho, “Una responsabilidad de la democracia moderna es asegurar los derechos a todas las minorías, y donde una mayoría avasalla con el pretexto de que una minoría no pesa, es una provocación”.

Quiere decir, que según las elocuentes reflexiones del Dr. Carpizo el catolicismo, (entendiéndose como la religión que profesa la mayoría), no puede ni debe, provocar a los mexicanos intentando promover sus ritos de manera pública, al amparo de leyes que violentan el derecho de terceros, de creer o profesar la religión que consideren pertinente. Pero llama la atención otra frase del recordado maestro; “La Iglesia está en su derecho de exponer públicamente su moral y defenderla, pero no está ponderando las consecuencias de sus declaraciones”. “Quizá no se da cuenta de que está invitando al pueblo de México a una sublevación; esa declaración es peor que muchos de los momentos de la guerra de Reforma”.

Esta última reflexión, se acomoda de manera perfecta con la imagen del edil, colocando la banda presidencial al Cristo. Y aunque insisto que dicho evento es una tradición en aquel lugar, hoy adquiere otro sentido ante la ola de atentados a la libertad de expresión, de que hemos sido objetos los mexicanos, por parte de nuestros gobiernos.

Esas manifestaciones casi paganas, contienen una dosis infaltable de fanatismo, que incluso brota de su propio origen. Para ninguno de los pobladores de Ixmiquilpan, resulta extraño saber que el llamado Cristo de Jalpan fue llevado de una hacienda al lugar que hoy ocupa, con la intención de salvaguardarlo durante la Guerra Cristera. Es decir, desde entonces como ahora, los que gritaban aquella frase de ¡Viva Cristo rey!, estaban convencidos de que no había mejor gobierno que “el gobierno del cielo”, aún cuando no todos los “pecadores”, confiaran en esa profesión de fe. De ahí que el acto de colocar la banda presidencial a una estatua, no solo sea un acto de provocación, sino también una afrenta a la inteligencia de los mexicanos. Es una costumbre añeja y bizarra, que ocultándose bajo la sombra de la tradición, busca en realidad polarizar, enfrentar  a un país tal como ocurrió durante La Reforma, y la propia Guerra Cristera.

La vieja alianza entre la Iglesia y el Estado, ha cobrado fuerza en pleno Siglo XXI, en donde las viejas imágenes casi caricaturescas del cacique del pueblo desayunando con el señor cura, han sido revividas invariablemente por una realidad que acecha al pasado minuto a minuto.

Establecer esa alianza para adormecer a los mexicanos, se entiende desde la postura de que cada actor realice un papel por demás macabro y desalentador. Por un lado el estado, otorgando carta libre a la profesión de la fe en las escuelas, se gana el voto de confianza de la iglesia, la cual en contraprestación, se dedicara a no permitir que “ese rebaño de ovejas descarriadas e ignorantes”, tomen un camino equivocado. Nuevamente el cine es un referente obligado dentro de esta reflexión, y la muestra es la escena del actor Enrique Lucero personificando a un sacerdote católico en la cinta “Canoa” (1975), el cual provoca a sus feligreses en contra de un grupo de supuestos comunistas, que después serían masacrados por la turba.

El hecho, vergonzosamente aconteció en la vida real, y así como el cine revive aquel acontecimiento con sus imágenes que desafían al tiempo y al olvido, el acto aberrante de colocar una banda a la imagen de Cristo, recuerda tristemente lo acontecido años atrás, cuando un grupo de mexicanos decidió hacer de un cielo inexistente su gobierno, y de un rey proclamado desde el odio su máximo jerarca.

Y aunque hay que decir que durante la Guerra Cristera, las balas de uno u otro bando privaron de la vida con igual saña, resulta tan sorprendente como ridículo, pretender que un personaje como Jesucristo, estuviera de acuerdo con asesinar en su nombre, en defensa de una fe ciega y totalmente arbitraria.

Por eso las frases, y el ideario de Jorge Carpizo McGregor en torno al Estado Laico, resultan siempre novedosas, en un entorno que tiende siempre a mirar hacia el pasado. También resulta interesante cuestionar como un hombre como el propio Carpizo, liberal y provocador, creciera políticamente al amparo del salinismo, cuyas políticas, fueron totalmente adversas a su pensamiento.

Fue precisamente Carlos Salinas de Gortari, quien entre otros muchos temas, suprimió el párrafo IV del artículo 3 constitucional, que señalaba que ningún ministro de culto ni corporación religiosa alguna, podría intervenir en planteles donde se brindara educación primaria, secundaria o normal. Fue Salinas quien por otro lado, reformo el artículo 27, otorgándole personalidad jurídica a las iglesias, con el fin de que pudieran allegarse de propiedades o bienes, que les fueran indispensables para cumplir su objetivo. También fue Salinas, quien reanudó con bombo y platillo las relaciones entre Iglesia y Estado, nombrando como Embajador ante la Santa Sede a un político de dilatada trayectoria, Enrique Olivares Santana.

Las reformas salinistas, desmantelaron el espíritu de Las Leyes de Reforma, promovidas por hombres tan trascendentes como  Iglesias, Lerdo de Tejada, o Melchor Ocampo, referentes forzados de México ante el mundo, en un contexto jurídico liberal e innovador.

Como mucho tiempo atrás, hoy el estado tiene en la iglesia a una gran aliada, en detrimento de los derechos de terceros. Es a todas luces un estado conservador, incapaz de conceder ni un espacio para el razonamiento, o la libre discusión de las ideas. Con la iglesia comparte a la feligresía, que es la misma masa atribulada que compra los valores de aparador que  algunos medios de comunicación les vende. Aquella masa, es invitada por los curas a no cambiar, pues el cambio o la innovación, son el presupuesto primordial de una sociedad moderna, libre de atavismos e ignorancia.

Sobre el fanatismo, alguna vez el pensador Israelí Amos Oz diría; “Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño, o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser (…) El fanático es un gran altruista”; fin de la cita.

Ciertamente, ese fanatismo que aprovecha la idiosincrática costumbre mexicana de revolcarse sobre el miedo, ha permitido que miles de personas en este país, lleguen a la triste conclusión de que dar una limosna cada año en la televisión, los convertirá en mejores personas.

La cultura de la mendicidad, que recurre a la piedad y al dolor, para atemorizar a las personas. Las aleja de sí mismas sin permitirles comprender, que más que de piedad, son merecedores de respeto, personas que pueden ser creativas y útiles, si un sistema voraz e inhumano dejara de pisarles el cuello por los siglos de los siglos.

Pero hoy la realidad nos remite a un pasado peligroso. En su rancho esta don Perpetuo, el cacique del pueblo, tomándose un tequilita  con el cura don Teófilo. Ambos conversan alegremente, y hasta bromean sobre la certeza de la Inmaculada Concepción, pero de fondo, lo que importa es el tema de las elecciones que pronto se celebraran en el pueblo.

“Ándele usted don Teofilito, écheme la mano con sus feligreses, al cabo que son los mismos que votan en las urnas”, dice don Perpetuo, mostrándole sus dientes de oro al cura. Ambos estallan en una sonora carcajada de inunda toda la sala, y que llama la atención de la criada, una jovencita de prominentes curvas y amplísimas caderas. “¿Ya ve como si nos podemos entender?”, “! Ándale niña!, atiende al señor cura, el te dirá lo que tienes que hacer, que para eso representa a Cristo”.

Mientras que el cura se aleja de la mano de la muchacha entre la oscuridad de los pasillos, don Perpetuo se quita el sombrero, ante la imagen que corona las paredes de la estancia, Un enorme Cristo, que de fondo lleva la leyenda de; ¡Viva Cristo rey!

Es un Cristo que parece brotar de una úlcera sanguinolenta. Un Cristo para el cual no hubo piedad, aquel que se quedo estacionado en la frase de; “Padre mío, ¿Por qué me has abandonado?” un Cristo derrotado, frágil ante la acción de los hombres. Muy distinto al hombre bello y reflexivo, que atendiendo a la fortaleza de sus convicciones alguna vez dijera; “dejad que los muertos entierren a sus muertos”.


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