H. Ayuntamiento de Puerto Peñasco

Pancho Villa, el hombre y el mito

Vertebral

“Su mirada era fulminante, controlaba a todos con los ojos”. “Sabía analizar a quienes le rodeaban con solo verlos un instante, era psicólogo práctico”. “Cuando echaba esas miradas que sacaban chispas, los que andaban con él mejor se quitaban el sombrero, entonces mi General Villa les decía; ¿Por qué tiene miedo amiguito?, si no debe nada, no tema nada”, comenta el veterano revolucionario Don Guillermo Flores Reyes, y quien fuera escolta personal de Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa.

En una ensoñación, escucho las vibrantes notas de la guitarra de Antonio Bribiesca. Al calor de esa música tan emotiva, imagino las fogatas encendidas en el campo, las valientes adelitas, cuidando el sueño de sus hombres cuyas cabezas yacen rotas por las balas, de una feroz revolución que atrajo las miradas del mundo.

Si hubo un hombre que supo ejercer fascinación y miedo alrededor de su legendaria vida, ese fue Pancho Villa, quien con su personalidad apabullante, logro cautivar a propios y extraños. Su origen de bandolero, no le impidió a nuestro personaje la búsqueda de horizontes más altos, y aunque esos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, nos queda de Villa el protagonismo innegable dentro de la Revolución Mexicana, y su incursión en los anales de la historia; todo por cuenta propia.

Tozudo y valeroso, Villa abandona la carrera delictiva como tal, y se une a la causa de Madero en 1910. Su indiscutible liderazgo, le permite el reclutamiento de hombres y mujeres en su famosa División del Norte, ejército conformado por bandoleros, rancheros, delincuentes y hasta intelectuales, que fascinados por la personalidad de Villa; no dudaron en acompañarlo en sus aventuras.

El que fuera el ejército popular más poderoso de América Latina, fue constituido formalmente el 29 de septiembre de 1913, proclamando a Francisco Villa como cabeza única del movimiento, y con la anuencia de todos los jefes de brigadas que existían. Con la División del Norte, Villa tomó Torreón, Chihuahua, Saltillo y Zacatecas, logrando un control casi absoluto en todo el norte.

Pero el escarnio y la persecución, fueron una constante en la Vida de Villa, quien fuera encarcelado por insubordinación en la prisión de Santiago Tlatelolco, y de la que lograra fugarse posteriormente. Notables, serían las letras que en una carta dirigiera Villa desde la cárcel a Madero, en ella, Villa se dice abandonado por el hombre por quien ha peleado desde su trinchera. “Si usted no quiere que yo lo deshonre, concédame cinco minutos por teléfono de aquí”,  clamaba Villa desde su encierro, a un Francisco I. Madero ausente.

A la distancia, la carta escrita sin ceremonias ni ortografía, exhibe el ánimo de un hombre que ha sido encerrado por las intrigas de Victoriano Huerta, y quien en la modesta redacción, manifiesta una innegable dignidad. La carta pues, no vale solamente por ser un vestigio material de un momento histórico, es el testimonio de la soledad de un hombre acorralado como animal, y el vaticinio de una tragedia mayor; la Decena Trágica de 1913. “No le digo que soy más capaz que el señor Huerta, pero si más tarde se nos ofrece se los probarán mis hechos, yo para ayudarle al gobierno que me ha costado tantos sacrificios, no necesito charreteras de general”, escribiría Villa a Madero, en aquella legendaria carta.

Luego del artero asesinato de Francisco I. Madero por órdenes del traidor Huerta, Villa decide retomar las armas contra el usurpador. En  1914, Villa toma la Ciudad de Ojinaga, y el 15 de julio del mismo año, Huerta firma su renuncia, vencido por los ejércitos revolucionarios.

Pero la trayectoria revolucionaria de Villa, no sería la misma sin la presencia de tres hombres fundamentales en su vida; el primero Abraham González (1864-1913), hombre instruido y culto de la confianza de Madero, y quien gobernara Chihuahua por un breve periodo. Fue él quien recluto a Villa dentro de la lucha a favor de la Revolución, y es muy probable que también le mostrara su verdadero propósito en la vida; la causa  revolucionaria, por encima de todas las cosas. El segundo, José María Maytorena (1867-1948), gobernó Sonora de 1911 a 1915, siendo un pilar fundamental en la trayectoria revolucionaria de Villa. Desde su posición de político y militar, financió mientras pudo a Villa, enfrentando con valentía al gobierno usurpador de Victoriano Huerta en su estado. Maytorena, fue un gran hombre de innegables dotes progresistas, que con ayuda de las tribus Yaquis se mantuvo firme junto a Villa. El tercero,  el General Felipe Ángeles (1869-1919), un ilustre militar y artillero preciso. Es indiscutible su influencia en Villa, quien era un estratega nato, pero que con la ayuda de Ángeles, sobresalió en las Batallas de Torreón, Zacatecas, San Pedro Las Colonias y Paredón. Aunque distanciado al final de Villa, Felipe Ángeles, fue una influencia para este en la estrategia militar, representándolo también en otras muchas tareas en las que fueron afines ambos personajes.

Tratándose de la primera gran gesta social del Siglo XX, es obvio que la Revolución Mexicana atrajo las miradas de escritores y periodistas connotados, quienes no dudaron en arribar a nuestro país en busca de respuestas. No fueron pocos los intelectuales, que atraídos por el temperamento avasallante de Francisco Villa, decidieron unírsele en campaña, consignando con sus letras lo ocurrido en plena revolución.

Tal es el caso de los periodistas Martín Luis Guzmán (1887-1976), así como John Reed (1887-1920), y cuyos testimonios fueron exaltados en los libros “Memorias de Pancho Villa”, y “México Insurgente”, de la autoría de uno y otro, respectivamente.

“Muchachitos, estamos aquí para el ataque y toma de Torreón. Esa hazaña no se consumará si nosotros, los hombres revolucionarios, no tenemos bastantes fuerzas con que combatir el numeroso ejército que allí tiene acumulado Victoriano Huerta. ¿Venían ustedes bajo mi mando para malograr el uso de mis armas, o para aprontarlas contra el enemigo? A nadie arrastro yo a las batallas, así sea en defensa de la causa del pueblo. Pero tampoco le perdono a nadie que tome las armas de mi mano, y que reciba paga, y equipo, y bastimento, por la promesa de su ayuda, y que luego abandone su deber conforme el enemigo parece. Eso es acto de traición. Muchachitos, los que estén dispuestos a morir peleando que den un paso al frente. Los que no quieran pelear que no den el dicho paso. Yo les prometo que no verán al enemigo, porque en ese mismo lugar donde ahora están, en ese mismo serán fusilados.”

Y lo que sucedió fue que todos dieron el paso al frente, porque así es el ánimo de muchos de los hombres de un ejército grande, que más pelean por temor del oficial que los vigila, que por amor de la causa que protegen.

El anterior fragmento, extraído del libro “Memorias de Pancho Villa”, da cuenta del temperamento del personaje en medio de la guerra. Aunque se trataba de un hombre sin instrucción, no está por demás decir que sus acciones estaban provistas de cierta dosis de “justicia salomónica”. Villa era un líder nato, cuyas principales virtudes eran el arrojo y el denuedo. Un tipo rudo formado al calor de las innumerables carencias, que alcanzaba la máxima exaltación en sus arranques justicieros.

Es muy probable que Villa mismo llegara a creer, que estaba provisto de una capacidad y talento por encima de los demás. Que sintiera un gran alivio al fusilar al enemigo, intentando con esto aliviar el daño y los incontables abusos sufridos de parte de los poderosos. De igual manera, es muy probable que se sintiera exaltado al perdonar, castigar o recompensar a los miembros de su ejército, como si de un padre severo, flexible o cruel (según el caso) se tratara.

El indudable magnetismo de Villa, permitió que en 1914 firmara un contrato con la empresa estadounidense Mutual Film Corporation, para filmar la cinta biográfica “The Life of General Villa”, protagonizada por el mismo, e incorporando escenas reales de la guerra; y de ficción respectivamente. La cinta le permitió a Villa reinventarse y a la vez, darse el lujo de ser al mismo tiempo, forajido, estrella de cine y héroe revolucionario, algo inusitado hasta el momento. Se dice que Villa cobró por la película la cantidad de 25,000 Dólares, solicitando además del director, uniformes nuevos para sus soldados, y por si fuera poco, que lo filmara en su mejor ángulo. La película, que es una joya invaluable por su procedencia histórica, fue además producida por el legendario cineasta D.W. Griffith. Hay que decir que otras importantes escenas de las batallas de Villa, fueron filmadas y resguardadas, contribuyendo a enriquecer la memoria visual del mundo.

Pero quizás uno de los hechos que más celebridad le dio a Pancho Villa, es la invasión a la ciudad de Columbus el 9 de marzo de 1916, por parte de sus efectivos. Armado con más de 500 hombres, Pancho Villa irrumpió en dicha ciudad estadounidense, sembrando el caos y la desolación a su paso. Motivado por la anexión de Estados Unidos a los proyectos de su enemigo Carranza, y por el probable mal estado de un armamento vendido por un individuo de nombre Sam Ravel, Villa borracho de adrenalina; hizo temblar aquella localidad sin titubeo alguno.

La respuesta del vecino país no se hizo esperar, y el mismo año el General norteamericano, John J. Pershing, se internó en México, con el único fin de capturar a Villa, y así vengar aquella afrenta inolvidable. Pero ni Pershing, ni el grupo de soldados estadounidenses que lo acompañó, pudieron durante al lapso de casi un año, dar con el paradero de Villa. Conocedor de vericuetos y escondrijos, Villa evadió la expedición organizada por Pershing, escondido en una cueva perfectamente camuflada.

Era una más de las hombradas, de aquel forajido mitad leyenda y realidad. El mismo que se decía, era capaz de disfrazarse de mujer para escapar hábilmente de sus perseguidores, ponerle sombreros a los palos para aparentar tener más efectivos, o colocar las herraduras al revés a los caballos para despistar al enemigo, ¿realidad o ficción?, poco importa, pues la guerra permite a sus protagonistas, elevarse un poco entre el bien y el mal. Es decir, en una vorágine como tal, donde los valores originarios de las personas se ponen a prueba, también la moral tiene tregua, si el objetivo final es la justicia.

El Macho Alfa, Doroteo Arango, decidió cambiar de nombre. Volverse un soldado itinerante, un loco justiciero exhibicionista, un hombre con la fe lisa y llana, como sus manos desprovistas de toda pretensión. Un héroe-bandolero, buscando la justicia, partiendo de la ilegalidad.

Pero la suya no es una ilegalidad cualquiera. Villa sabe que para alcanzar la trascendencia, debe volverse un absoluto quebrantador de toda regla, en un México sumergido en los excesos, de la clase política-aristocrática gobernante.

Como Gobernador Provisional de Chihuahua, Villa afrentó a los abusivos hacendados, arrebatándoles prestigio y fortuna, y repartiéndola entre los pobres desarraigados. De algo sirvieron los consejos de los intelectuales, que como su conciencia lo seguían en sus andanzas y tribulaciones. De algo sirvió, la memoria viva de Abraham González o Madero, retumbando en la cabeza de aquel hombre arisco, a punto de convertirse en un coloso inalcanzable.

Pero los incontables enemigos, sembrados durante sus correrías, jamás le perdonarían el desafío. Se trataba, del único latinoamericano, con el coraje y las agallas de haber invadido el ya poderoso país vecino. El único,  capaz de sostener su lucha incólume, sin rebajarse a compartir un poder originado en las traiciones o la ambición.

Quizás la ambición más grande de Villa fue la búsqueda de la justicia, por los medios más radicales; la transgresión y el conflicto, como formas eficaces de conmover una realidad basada en el progreso de unos cuantos. Pero al final, Revolución también es choque, oposición y disidencia. La disidencia suprema a la que tal vez deba de aspirar un revolucionario de tiempo completo; el entendimiento de vivir por siempre en la clandestinidad.

Ahí yace el cadáver de Villa. Aquel exaltado en los corridos y en los libros, en las películas y en las crónicas. Asesinado por los mismos a los que tuvo que enfrentar sin descanso, los conspiradores que enchuecan al mundo. Allí su frente limpia como la de un niño, su rostro quietecito y sereno, como aquella sierra verde que muchas veces fue su cómplice. El semblante manso, como el de Jesucristo o el Che Guevara.

Ya desnudo, está mejor ataviado que cualquier lirio del campo, o aquellas plantitas del bosque. Aquellas aves que al levantar el vuelo, tampoco saben si volverán.

¿Regresará alguna vez aquel centauro a vengar a los pobres? ¿Vendrá del sur o del norte? ¿Se escuchará primero el grito de las adelitas, anunciando el triunfo de la revolución cuando se cierre la última cadena?


* * *




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Anúnciate en Peñasco Digital

 

¿Quires anunciarte en Peñasco Digital?

Aquí puedes descargar nuestras tarifas.

Email de contacto: publicidad@peninsulardigital.com.