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Pedro Armendáriz; el rostro del Cine Mexicano.

Vertebral

PEDRO ARMENDÁRIZ

Con su cautivante y recia personalidad, el actor Pedro Armendáriz engalano las pantallas del Cine Mexicano, en su época más prolífica.

Recordado por su papel del indio Lorenzo Rafael, en “María Candelaria” (1943), su rostro de un irresistible mestizaje, le permitió la interpretación de una amplia gama de personajes; desde caciques de pueblo, revolucionarios, o militares indolentes y hasta reyes europeos.

Pero el éxito inicial del actor mexicano, va de la mano del director Emilio “Indio” Fernández, con quien filmó “Flor silvestre” (1943), “La abandonadas” (1944), “Bugambilia” (1944), “La perla” (1945); y “Enamorada” (1946). Dichas cintas, representaron la unión Fernández, como director, Mauricio Magdaleno, guionista, y Gabriel Figueroa como fotógrafo. Esta simbiosis, representó la expresión más alta de la mexicanidad llevada al cine, y el éxito atronador en Europa de rostros como el propio Armendáriz, Dolores del Río, y la misma María Félix.

Los Close up de Figueroa al rostro de Pedro Armendáriz, son de verdadera antología. Con sus ojos de un verde chispeante, y la sonrisa retorcidamente cínica, Armendáriz fue el único actor masculino, capaz de enfrentar los rostros decididamente poéticos de las heroínas cinematográficas Félix y del Río.

Con su andar decidido, la mirada impactante y la ceja levantada, Pedro Armendáriz representó la exaltación máxima de la masculinidad. Lo mismo un héroe herido por el amor de una mujer, que un cruel señor de vidas y haciendas, a quien ninguna mujer se atreve a faltarle. Y qué decir de los hombres, que sabedores del temperamento explosivo y violento del personaje en cuestión, jamás se atreverán a contradecirle, so riesgo de una paliza; o la muerte misma.

En sus películas, Pedro Armendáriz da órdenes, asesina o arrebata pasiones. Se arrastra por el amor de una mujer, o como reyezuelo degradado por el arrepentimiento, le pide perdón a Dios sosteniendo a un hijo moribundo entre sus brazos. Envalentonado por la percha de caballo pura sangre, Pedro Armendáriz irrumpe en la escena arrastrando todo a su paso.

Encara a la cámara con un frenesí que da miedo. Entonces, queda uno a merced de esos ojos que se antojan demoniacos, y que gracias a la magia del celuloide pretenden nunca morir.

El éxito que representó el Cine Mexicano en el extranjero (entonces una verdadera industria), le permitió convertirse en el actor mexicano mejor cotizado en el extranjero, y uno de los muy pocos latinos, realmente valorados en Europa. De tal manera, Pedro Armendáriz filma en el viejo continente las cintas; “Lucrecia Borgia” (1952), “Les Amants de Tolède” (1952), y “Uomini e Lupi” (1955), entre muchas otras.

En las grandes alturas de la cinematografía internacional, su presencia inigualable da vida lo mismo al rey Francisco I, que al mismísimo Cesar Borgia. A un príncipe árabe, que al rey Cadmo de Creta. Sus papeles en producciones italianas y francesas, hicieron de él uno de los actores latinos más importantes del Siglo XX.

Especializado en papeles de hombre duro inamovible, luce brillante en “Rosauro Castro” (1950), “La noche avanza” (1951) y “El rebozo de soledad” (1952), todas bajo las órdenes del artesano del celuloide, Roberto Gavaldón.

Como contraste, quedan los diálogos de Lorenzo Rafael que rozan lo poético. La mirada del personaje, se pierde en el horizonte, y su voz herida por el amor, se curte entre los cielos mágicos de Gabriel Figueroa; algo para la posteridad.

En su fulgurante trayectoria, el histrión mexicano fue dirigido por muchos de los más grandes directores del orbe. John  Ford, John Houston, Luis Buñuel o Michael Curtiz, solo por citar algunos, encontraron en Pedro Armendáriz, un ingrediente único. Latino, guapo y buen actor; irresistible para la cámara y la taquilla.

Pedro Armendáriz es también el sombrero de ala ancha. El traje citadino de amplias hombreras, y el caminar enérgico entre la polvareda, como aquella escena inolvidable de “La malquerida”. Es el ranchero cruel, que cruza el campo montado en un caballo infernal. Es el indio noble y enamorado. Es el hombre de ciudad pagado de sí mismo. Una voz que cuando retumba entre las cuatro paredes, parece brotar de un cielo que solo el cine pudo alumbrar.


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