El deseo incesante de permanecer

Vertebral

LETTY LYNTON, Joan Crawford, 1932 249/cordon press

LETTY LYNTON, Joan Crawford, 1932
249/cordon press

El desafío al destino manifiesto que supone la vejez y la muerte, es algo en verdad antiguo. Los grandes coliseos, los oráculos y construcciones que sobrepasaron en tiempo a sus creadores, fueron luego sustituidos por los pactos diabólicos donde a los mortales se les otorgaría la gracia oscura de la eterna juventud; de ello dio cuenta sobremanera la literatura. En todo momento, la grandilocuencia de las obras humanas a excepción de la Filosofía, ha tenido por intención demostrar que existe al culto a la permanencia, es decir; la negativa a aceptar la muerte como un destino final.

Dédalo, Fausto, el Doctor Frankenstein e incluso; Leonardo da Vinci ya en el mundo real, son una clara muestra de la constante en el desafío al estado de cosas. El castigo para los atrevidos fue el desprestigio y la comprensión de una sociedad ajena a sus artilugios y en el peor de los casos, la soledad eterna, la muerte o la descomposición de su alma. Las creaciones de aquellos atrevidos contravienen a las leyes de la naturaleza que son inmutables, alguna vez fallan en sus intentos o tal vez, han estado dispuestos a entregarse hasta el final por sus creaciones con la idea de tener un espacio, en el Panteón de los Héroes de la Humanidad; caro precio.

Durante el Siglo XX, el género humano demostró su aptitud para construir rascacielos inmensos a la par de escaparates de lujo que hacían olvidar el duro trance de la posguerra. La cultura del ocio de la mano de Coco Chanel y Schiaparelli hacía ebullición, pero ya el Art Nouveau y el Art Decó lo habían impregnado todo incluso la moda. La música de Gershwin se cantaba, mientras los voceadores gritaban las últimas noticias y las Vanity Fair ilustradas por Miguel Covarrubias se vendían como pan caliente, todo esto al tiempo que el rostro de Greta Garbo condenaba al olvido la belleza helénica de las estatuas griegas. Desde temprana hora la humanidad se había dedicado a diseñar una y mil formas de evadir el Pathos, y aunque en la modernidad ya no existían las fiestas dionisiacas a la suerte bacanales, la alta sociedad se daba ya sus encerronas de principios de siglo. La fastuosa alegría parisién se desbordaba también en el México del porfiriato, donde el bataclanesco espíritu llego a manifestarse ante la invocación de los hijos más dilectos de la Créme de la créme, y los apretados corsés se aflojaron tras las paredes que de noche ardían.

Los herederos de la posrevolución se mandaron hacer estatuas, afiliándose a la “estética caligulesca” que tiende a conmemorarlo todo, aún aquello que más bien habría que olvidar. Pero el Pathos, la más clara demostración de que al hombre le duele la existencia, no se fue ni se irá nunca. Ni los grandes mausoleos dedicados por marajás a sus amores legendarios, las más graciosas creaciones literarias o la música con su arrebato que hace olvidar las penas, podrán modificar un ápice algo que es realmente ineludible; nacemos, envejecemos y morimos. Los arrebatos carnales, el consumo galopante de las drogas intentaron desterrar al viejo Memento Mori, y todo paso a formar parte ya en la actualidad de una verdadera industria de la evasión, donde el consumismo juega el principal rol. Se consumen satisfactores, la mayor parte de ellos de una naturaleza más que efímera pero también pensamientos, estos últimos hábilmente dirigidos por los medios de comunicación que cogobiernan el país, anestesiando a quien se ponga enfrente. La moda, la tecnología al servicio de las telecomunicaciones y los cosméticos, han encontrado cabida en una de las formas más aberrantes del entretenimiento actual; las telenovelas que incluso y para detrimento del intelecto humano también se exportan. Vestirse como tal, verse como tal o hablar como tal, es parte del comportamiento de una sociedad que carece de identidad, por un lado, y por otro, evidencia la imperiosa necesidad de sepultar en el olvido su clara marginación. La derrota de dicha sociedad atravesada de extremo a extremo por ese consumismo invasivo, no radica en el enfrentamiento de las ideas ante un sistema abiertamente contrario a su progreso; inicia desde el momento en que adquiere un producto, o busca convertirse por voluntad propia en uno de los personajes de las series de televisión. La fama y la fortuna se ofrecen al por mayor en las telenovelas donde los narcotraficantes son elevados a la categoría de héroes, y el papel de la mujer sigue constriñéndose al de un adorno más de la decoración del set. La idea de que “todos podemos ser ellos” aunque sea por momentos, se fortalece a la par de la cultura de la invasión a la intimidad, los penosos talk shows donde la dignidad humana; es destrozada en foros construidos a la manera de crueles circos del morbo.

Todos le gritan al invitado y “que pase el desgraciado”, hay que lapidar al otro y exponerlo. Sojuzgar o adoctrinar bajo el peligroso esquema de la “denuncia ciudadana”, que no es otra cosa que la ausencia evidente de gobernabilidad, explotada amarillosamente en una exaltación mediática del “ojo por ojo, diente por diente” más vil. También hay que comprarse el nuevo Iphone, ponerse nalgas o botox, inyectarse hormonas o retirarse la cara, permanecer bronceado y mostrar los dientes aperlados, todo para que no se note que estamos hasta la madre. Cuando las idas a Acapulco a expensas de los muebles empeñados ya no funcionan, aparece el televisor solo para comprobar que existe ya un ejército de autómatas dispuestos a dejar sus identidades arrumbadas en un oscuro rincón. También hay que hablar bonito, contestar al ya ineludible ¿Cómo estás? Con una sonrisa que abarque todo el rostro, porque resulta que sufrir no está de moda. No hay que dejarse envejecer, que no se noten la edad o las canas. Hay que comer poquito, para dejar en claro que la abulia infesto las conciencias; al ritmo del reggaetón y el perreo intenso.

En el raquítico Siglo XXI, donde la sobreexplotación de los recursos naturales y la compra de conciencias está más que evidenciada, hay que hacer como que no morimos. No nos es permitido demostrar que lloramos o que algunas veces nos sentimos infelices, pues el consumismo requiere de creaturas ávidas de una felicidad cosmética, que se transmite de uno a otro como una terrible pandemia. Cumplir con los protocolos de una sociedad teledirigida no solo es aburrido, sino además demuestra el grado de aislamiento al que nos han condenado las grandes empresas. Acosados los ciudadanos por los bancos y las industrias de telefonía, parece que para muchos el único remedio es la exaltación de los sentidos a través de la pantalla del televisor, viendo algún programa donde la conductora reduce a sus invitados, cual si fueran mercancías, dejándoles a ellos mismos el caro privilegio de autodescartarse como seres pensantes, objeto de algún mínimo respeto.

El incesante deseo de permanecer a costa de lo que sea, equivale a ignorar los procesos del pensamiento humano. Es obviar que somos creaturas temporales y que tenemos un ciclo, cuando la única permanencia podría ser en todo caso la de las ideas lucidas, la trascendencia de las obras que contribuyen al progreso de la humanidad, prescindiendo de la machacona y cruel idea de que para sobrevivir en esta sociedad, debemos siempre aparentar estar bien. Cierto es que la belleza, la idea de lo estético o lo que agrada a los sentidos forma parte de ese mismo culto a la permanencia, sin embargo, habría que reconocer que esa misma obsesión por evadirse ya a un grado francamente superlativo, ha provocado la descomposición de una sociedad dispuesta a comprarlo todo, que no comprende que la realización del ser ha sido relegada; en pos de esa misma caducidad.


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