Pedro Infante, la exaltación del machismo

Vertebral

pedro-infanteA lo largo de su trayectoria artística, el actor Pedro Infante se encargó de caracterizar al mexicano viril, de hablar golpeado y actitud picaresca. Para nadie resulta extraño que la imagen del actor, sea a menudo visto como un referente de la mexicanidad, en un país asociado en el extranjero a la cultura del mariachi y el tequila. En las docenas de películas que protagonizo, Infante encarnó a charros, forajidos, trabajadores urbanos o boxeadores, doblegados algunos por el más melodramático de los heroísmos, y otros tantos, por la más cínica de las autocomplacencias. En ambos casos, los personajes dibujados por cineastas como Ismael Rodríguez o Rogelio A. González para el lucimiento de su actor estelar, significaron el éxito de taquilla esperado, y el nacimiento de un mito que a la fecha se niega a morir, amparado todavía por el sentir de un pueblo proclive a la idolatría; en cualquiera de sus manifestaciones.

Aunque actor de amplias cualidades histriónicas, Pedro Infante terminó siendo arrebatado al final por la reinterpretación de un mismo personaje, que luego de sus primeros éxitos cinematográficos se volvió machacona; el varón cabal que ya sea en la gran ciudad o el medio rural será capaz de mil empresas con tal de sostener su hombría, cobijado por los dramas de “lagrimazo fácil” y las canciones mexicanas como un recurso indivisible de tal experimento comercial; que logra enormes dividendos para la industria del cine. Se corre el telón y aparece “Pepe el toro”, el humilde carpintero cuyos diálogos y tono de voz hacen que se piense en toda una apología del sufrimiento, siempre aderezada con la presencia de borrachos, personas con impedimentos físicos, crueles villanos y deudas que se antojan impagables. Aunque hábilmente el cineasta Ismael Rodríguez, gran conocedor de la idiosincrasia mexicana dispone de cada papel, pareciera que en realidad el protagonista de la historia es el mismísimo destino infausto, capaz de poner a prueba la resistencia de los personajes, con gran dosis de un sadismo que difícilmente podría evadirse. La afanosa necesidad de Rodríguez, por resaltar siempre una andanada de sucesos trágicos, le concede per se la vocación de un cronista de la nota roja capaz de enaltecer lo truculento de tal manera, que logra convertirse en el mejor representante de un género entonces novedoso; el melodrama cómico-trágico-musical, cuyo enlace de sucesos (imposibles) la convierten en la parodia barriobajera mejor contada de su tiempo. Pero la presencia fílmica de Pedro Infante en las cintas, integra elementos mucho menos apetecibles, como por ejemplo el triste papel que juegan las mujeres en las tramas que protagoniza; sufridas madres o esposas engañadas y en el peor de los casos, objeto del placer o víctima de sumisión y maltrato sistemático. Ahí están Marga López, Blanca Estela Pavón, Carmen Montejo y la sempiterna Evita Muñoz “Chachita”, cuyos personajes soportan el temperamento dominador del protagonista masculino que por si fuera poco, y para fortalecer la prevalencia de una estética totalmente sadomasoquista; aparte de apuesto es atlético y buen cantante.

Infante es el charro que hace estremecer a las féminas, entre canción y canción donde únicamente se reafirma “su casta de macho” inamovible, y la seducción se acrecienta entre la baraja y la parranda, las sorprendentes cantidades de alcohol que ingiere y claro, no falta la pelea de cantina donde los clientes deben sortear el vuelo de las sillas o las botellas, elementos indivisibles del temperamento pendenciero del personaje. Por si fuera poco, no importando si la actriz era nacional o importada temporalmente de la madre patria, todas terminaban rendidas a los pies de Pedro Infante en sus películas, mientras que otras tantas ya aguadaban su turno. En cintas como “Un rincón cerca del cielo” y “Ahora soy rico”, penosamente la mujer queda reducida a un objeto de segunda mano, que debe tolerar con dignidad las infidelidades del esposo, un bribón de marca que aunque busca la forma de mantener a su familia, cae en las manos del crimen organizado y su única salida nuevamente es el alcohol y las francachelas donde la compañía de otras mujeres, son importantes para que el protagonista, olvide su lamentable paso por la vida. En otro ángulo Pedro Infante es también el héroe de una fantasía cruel y despiadada, pues en algunas de sus tristísimas aventuras debe matar estando en la cárcel, matar por accidente a su mejor amigo, perder a un hijo en un terrible incendio, en una sucesión de truculentos acontecimientos que parecieran brotar de una maldición gitana, y de nuevo el desquite es contra cualquiera de las mujeres que decidieran atravesarse en su camino. Ay de aquellas que se atrevieran a jugarse la dignidad, frente a un hombre cuyo ideal de familia o el amor, se encuentra distorsionado por la más feroz de las posesiones, anestesiada desde luego por las canciones de Manuel Esperón y Pedro de Urdimalas, en un inteligible ir y venir de patéticas escenas donde el morbo de los cineastas queda penosamente manifestado.

A pesar de la innegable trayectoria de las actrices que participaron al lado de infante en las cintas, el maltrato las persigue en las tramas, donde el guionista les asigno el triste papel de consortes cuya personalidad fue borrada por los sobrenombres que las han hecho inolvidables; “la chorreada”, “la chaparra”, la esta y la otra, independientemente de sus posiciones o nombres, parecen integrar el harem interminable del “gavilán pollero”, son una más de las “mujeres de mi general”. Fue Ismael Rodríguez, el encargado de solventar la personalidad actoral de Pedro Infante, buscando que reflejara las intenciones y el sentir del mexicano promedio de clase baja en el cine, situación que consiguió desde luego, en detrimento de un  cine inteligente con una menor dosis de fatalidad y machismo. Pero la personalidad real de Pedro Infante, no era tan distante de la que sus personajes nos plantearon frente a la cámara, un hombre de clase humilde, con escasa instrucción y afecto a toda clase de amoríos, a la par de un temperamento festivo y socarrón.

Pero nuevamente la idea de llevar el fatalismo de las historias planteadas en el cine a su máxima expresión, es una aportación particular de Ismael Rodríguez, aleccionando a quienes veían estas lamentables cintas a cantar con Pedro Infante, al calor del maltrato, la violencia verbal y física, en un ritual de autocomplacencia que solo a la par de la ignorancia y el amarillismo pudo tener tanto éxito. Y aunque aquello de “soportar la carga, porque así nos toco vivir”, es parte de una idiosincrasia que se alimento del abuso y la degradación social, Ismael Rodríguez lo plantea de tal modo que contrario a resultar algo nocivo para la dignidad humana, pareciera aceptarse, exaltando falsos valores que desde la ficción o la realidad, solo contribuyen a carcomer a quien los ve; la derrota como un síntoma o un destino.


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