El México de EPN

Vertebral

El México de EPNAnte la grave crisis de credibilidad que afecta su imagen, motivada por la situación económica, los escándalos de corrupción y el nulo crecimiento de nuestro país en todos los ejes conocidos, el Presidente Enrique Peña Nieto, ha optado por el ostracismo a modo, una novedosa pero nimia forma de gobernar un país que se hunde en la desigualdad. Como arrancado de algún pasaje orwelliano, el jefe político del que fuera alguna vez el país líder de América Latina, ha decidido ofrecer mensajes unilaterales, que no admiten replica alguna, ante la gran pantalla que le ofrecen los medios de comunicación gobiernistas. Muchos critican, pero aun sus opositores parecen transformar sus rostros ante el toque mágico del presidencialismo minimalista; basta una palmadita en la espalda, un leve jalón de codo, o algún breve guiño del Presidente, para que estos sonrían de una forma zalamera.

Pero EPN no se quiere inmutar, aunque el lenguaje corporal lo delata sin duda. La mirada fija en la pantalla, en donde se dirige al pueblo de México, esa oscura masa sin nombre que en su anonimato, esconde la peor de sus tragedias. No existe un destinatario en particular, porque no hay uno, sino muchos Méxicos, y la constante está determinada por la desigualdad, heterogénea como la idiosincrasia nuestra. ¿A que México se estará dirigiendo EPN?, ¿Al de la desarticulada clase media?, ¿Al México de los indignados, cuya constancia, como ya se vivió solo abarca cuando mucho una campaña presidencial? ¿A los mexicanos en el extranjero, que aplauden por ignorancia el nombre de Porfirio Díaz como si se tratara de un héroe de la Independencia de México?

¿A cuál de los Méxicos le habla EPN? Obviamente, se dirige no a un grupo de personas sino a una idea en particular, abstracta y arbitraria de lo que según él es México. Se dirige al México reacuñado en el imaginario de los políticos yuppies que estudiaron en Harvard, un México que nadie, excepto los academicistas del neoliberalismo trunco, proclives a la idea de aperturarlo todo; entienden. Entregarlo todo, los recursos naturales, las leyes y “hasta la madre que los parió”, parafraseando a una conocida senadora mexicana; a ellos probablemente se dirige Peña. Al México tal vez, de los grandes recintos que recuerdan por mucho el porfiriato. Recintos vacíos de pueblo pero llenos, hasta lo barroco de estatuas y conmemoraciones donde todos los presentes, deben aplaudir sin excepción hasta cansarse, so pena de quedar fuera del presupuesto.

Al México de Palacio Nacional, a la hora del anuncio de la captura de El Chapo, cuando no se escucha ni el sonido de una mosca. A ese México de dos o tres personas, o seis o doce, o tal vez los cientos que integran la Legislatura. Al México de los que si cotizan, los que están dentro del target, aquellos que mágicamente producen lo que otros trabajan, y que no tienen tampoco derecho a opinar. O yéndonos aún más lejos, tal vez EPN le habla a las estatuas de Los Pinos. Probablemente se comunica con las estatuas de Calles y Obregón, pero muy difícilmente con la estatua de Juárez, quien seguramente no desaprovecharía la oportunidad de hablar con el cachorro de la revolución, para lanzarle más de alguna reprimenda. A lo mejor, quien quite y los discursos de EPN, van dirigidos a un México localizado solamente, en lontananza de su más recóndito ser interior. A lo mejor EPN, se receta a si mismo algunos de esos monólogos hitlerianos frente al espejo, ensayando la forma sin fondo, sin dejar de contemplar el mapa de la maltrecha República Mexicana. Eso muy seguramente, cuando habla, se dirige entonces al mapa y no a las personas, demostrando como dijera Bretón: que “este país es de suyo surrealista”.

Pero lo que sí es muy claro, es que el mensaje de EPN no es para Carmen Aristegui. Tampoco a la memoria de Julio Scherer. Tampoco será a la de Francisco I. Madero, cuyos asesinos aún gobiernan el país, a través de la omnipresencia de los genes. No, el mensaje no es para La Jornada o Proceso. No lo sería para Mireles, o el padre Solalinde, quienes muy seguramente objetarían las cifras más que coreografiadas, de esos discursos que se antojan cada vez más patéticos. No es para los héroes anónimos, que trabajan para que otros ganen mientras que el fisco y el aberrante rentismo, le quitan ceros a su de por sí ya pobre sueldo.

El mensaje de EPN, va dirigido a los que pueden y a los que tienen. El que tenga oídos que oiga, el que pueda entender que entienda; dirían sus personeros. Los domesticados directores generales, que además tienen la gracia de aleccionar a los subalternos, mediante la enigmática magia de alguna compensación extra. Al que delata a sus compañeros, en aras de alcanzar un status, en el país donde la riqueza es alcanzable, aleccionadora, y la pobreza se penaliza hasta la saciedad. A los empresarios por heredad, con apellidos compuestos y que sueñan con el arribo del nuevo Imperio Mexicano, donde la grandilocuencia criolla se pueda regodear. Los que aplauden y entonan el himno nacional muy a su manera, cambiando las estrofas como si se tratara de poner o quitar alfiles. Aquellos que disponen de la gente por obra y arte del descarte, y que tal vez ya están ensayando, alguna manera más chic y adelantada de sustituir personas por robots, por aquello de no gastar en la Seguridad Social.

La gracia del sistema que nos gobierna, radica en la capacidad que tiene para dividir a la ciudadanía a partir de las dádivas, pero también, su magistral forma de hacerle ver a la sociedad que cada quien tiene al México que merece. Podríamos casi concluir diciendo: que el México al que EPN se dirige, propone y según el lleva hacia adelante, es un México solo posible en su percepción, empecinado siempre en defender los intereses cupulares. Un país virreinal que descansa en doce o trece familias, cuyas castas se rasgan las vestiduras públicamente, moralizando a partir de una torva concepción del bien común. Un país donde la estabilidad y el progreso bajo el entendimiento gubernamental, han adquirido una dimensión ininteligible, angosta.

El México de EPN, ese al que recita sus palabras y gestos estereotipados, es un México imposible, inexistente e insensible. Es imposible, porque ninguna República podría concebir que un Estado Democrático, gobernara jamás a partir del solo dicho de su jefe de gobierno, sin espacio para un dialogo entre fuerzas, y una oposición que cada vez aparece más disuelta. Inexistente, porque su pobre concepción del progreso, no se encuentra fortalecida por la realidad, ni beneficia a sus gobernados. Es insensible, porque desoye los ruegos de las víctimas de la violencia, y salvaguarda en lo alto el interés de los poderosos, que según sea el caso, no tocan jamás la cárcel, ni la justicia los molesta. En ese México inexistente, pero posible en la realidad alterna de los poderosos, la cárcel sirve para aleccionar a los de abajo, de que lo famélico es oprobioso y hasta de mal gusto, mientras la opulencia es bienvenida, si sobrevive junto a la degradación en costosos aposentos, a cambio siempre de la militancia en esa idea paternalista del Estado.

Cuando está más que comprobado que el gobierno de nuestro país, rige al lado de la televisión, poder intangible y factico, EPN se preocupa por hacer que se repartan miles de pantallas por todos lados, para que los hogares no se queden sin ver “La rosa de Guadalupe” o a Laura Bozzo, y continuar anestesiando los desnutridos cerebros de los súbditos. EPN en tanto, se ha degradado hasta convertirse en un triste holograma televisivo, casi un autómata que no deja de repetir las mismas cifras, los mismos valores caducos, las mismas frases vacías. Mientras los aduladores no dejan de aplaudir en Palacio Nacional, otros tanto prefieren rumiar su desgracia, al calor de los memes del facebook, y cada quien habla de cómo le va en la feria. Cada quien habla de su México posible e imposible, del pedazo de tierra despojado que cada uno alcanza a arrebatar, de sus playas que va perdiendo, del país de cada quien cada vez menos nuestro, donde vamos siendo arrinconados como pobres extraños, y la marginación entonces, alcanza un grado sublime.


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