Peña y Trump, el encuentro imposible

Vertebral

Campaign 2016 Trump Mexico

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Lo que parecía imposible sucedió y ha sido calificado por los expertos, como un desastre de magnitudes todavía incuantificables. En medio de una grave crisis de credibilidad que ha llamado la atención de los medios internacionales, el Presidente Enrique Peña Nieto tuvo la osadía de invitar al candidato republicano Donald Trump, a sostener un dialogo compartido de interés “binacional”. En su cuenta de twitter, EPN habría escrito (con satisfacción) el interés de Trump por aceptar la entrevista, desatando la indignación de la opinión pública casi de inmediato. Presidencia de la República justifico el hecho, argumentando que la invitación había sido lanzada por EPN a los dos candidatos, Hillary Clinton y Donald Trump, y que los temas eran de sumo interés para ambos países. Casi al instante, las redes sociales comenzaron a rebosar en memes, comentarios sarcásticos y la reprobación al encuentro fue casi generalizada, unificando criterios, académicos, estudiantes e intelectuales, quienes pidieron replantear el asunto, con miras a verificar la verdadera utilidad de una reunión como tal, cuando vivimos momentos álgidos en un país descolocado por la corrupción, y los excesos de la institución presidencial. El encuentro luce imposible, no porque no pudiera ser materialmente verificable, sino por lo surrealista del evento en sí, cuando tenemos por un lado a un candidato (Trump) con cero habilidades diplomáticas, grosero e inconsecuente en la gran mayoría de opiniones que emite, y que en relación a México, han sido tan lesivas como duramente criticadas hasta por la prensa internacional, y que no vale la pena retomar en el presente texto. Imposible por extraña, injustificable desde el punto de vista de la diplomacia, que exhibe a un presidente mexicano más débil que nunca, encabezando una democracia raquítica con instituciones de ornato, y un nivel de aprobación casi cero. El encuentro es tan imposible, que bien pudo haber sido retratado por el genial artista mexicano Miguel Covarrubias (1904-1957), en sus célebres “entrevistas imposibles”. Las “Impossible interviews”, fueron una serie de caricaturas de gran valor artístico, publicadas durante los años 30’s en la revista estadounidense “Vanity Fair”, donde el artista plástico puso frente a frente a personajes tan disímbolos como: Sigmund Freud y Jean Harlow, José Stalin y John D. Rockefeller, Greta Garbo y Calvin Coolidge, entre muchos otros, dibujados por Covarrubias genialmente, en poses sugerentes y entablando diálogos silenciosos que apelan a la gesticulación y el simbolismo de modo brillante. No está de más decir que muy probablemente a Covarrubias le habría faltado tinta para abarcar a un Donald Trump mascullante y gritón, al lado de un EPN condescendiente, castigado por un lenguaje corporal que respalda a la retórica posrevolucionaria, ininteligible para la mayoría, pero válida todavía para el “cachorro de la revolución”, atrapado en su letargo neoliberal; decadente.

 

La indignación sobre el encuentro Peña/Trump, salpico incluso al escritor mexicano Enrique Krauze, quien en entrevista matutina con el periodista Carlos Loret de Mola suspendió el tema inicial de la charla (hablar de libros), para lanzarse directo al cuello de EPN, pero también de una clase política y una izquierda, a la que tacho de tibia ante la visita de Donald Trump. Con la mirada perdida, y en un ademán casi furioso, inusual para el intelectual mexicano que se caracteriza por su publica templanza, el mismo Krauze comparo el encuentro entre Peña/Trump, con aquella célebre reunión entre Adolf Hitler y Neville Chamberlain (entonces Primer Ministro del Reino Unido), celebrada en Múnich en 1938, y donde Chamberlain, para evitar una confrontación con Alemania se suscribió a los caprichos de Hitler. La comparación aunque inicialmente parecería excesiva, no carece de sentido histórico, muy por el contrario, un ingenuo Chamberlain habría presumido el encuentro anunciando ante la prensa internacional “la paz para nuestros tiempos”, pero lo que vendría después sería imparable, y los acuerdos signados por Chamberlain con el insaciable Hitler a la postre serían tachados como un fracaso histórico para Inglaterra, de magnitudes catastróficas como ya se vio. El resultado de unos acuerdos que como ya se dijo aparentemente buscarían la paz, fueron la posterior anexión de Austria por parte de los nazis, así como la ocupación de la región checa de Los Sudetes, entre otros temas. La respuesta a la reunión Hitler/Chamberlain pues, fueron las continuas violaciones de los nazis a los tratados internacionales, ante la mirada complaciente de su aliada Italia, y el silencio más que tibio de Francia y la propia Inglaterra. Nada se logro con el encuentro, Inglaterra se precipitó a la guerra con más fuerza sin que el estallido pudiera al final ser evitado, y desde entonces pasó a la posteridad el término: “política de apaciguamiento”, como la conducta de un estado que acepta las condiciones de otro estado agresor, bajo la premisa de evitar un conflicto mayor. Según la comparación histórica de Krauze, a Trump le vendría bien ser Hitler, y a Peña Chamberlain, el ministro pazguato tachado de indigno en su propio país, y la comparación resulta sólida. Si Hitler arreció con su política intervencionista luego de la reunión, Trump hizo lo mismo sin ceder  un ápice a sus objetivos, y más bien vino a México a dejar en claro frente a todo mundo, que nuestro país, representa para sus intereses un peligro permanente, a más de ser igualmente una oscura referencia fronteriza, no más. Si a Chamberlain su atrevimiento le costó la derrota electoral posterior y el descredito internacional, a Peña le cercaban desde antes ya las aves oscuras del mal agüero, más  la estrepitosa caída se advierte peor aún; con el nuevo desatino.

 

Ya en el encuentro celebrado en Los Pinos entre EPN y Trump, lejos de bajar la guardia, el candidato republicano se mantuvo firme en su objetivo de la construcción del muro fronterizo, e incluso, fue más lejos al criticar la eficiencia del Tratado de Libre Comercio, al espetarle en su propia cara a EPN, “que el TLCAN es más beneficioso para México que para Estados Unidos”, dudando de sus resultados a corto y largo plazo. Por si fuera poco, crítico la desigualdad del país, apuntando a lo que por otro lado es cierto: que la inmigración ilegal es una de las válvulas sociales  más visibles, motivada por la pobreza y las bajas condiciones de vida. Las cachetadas de Trump a EPN en su propia casa continuaron, Trump siguió adelante en su discurso, señalando con cierto tono condescendiente pero igual de firme, la conexión entre el crimen organizado y la inmigración ilegal,  la necesidad urgente de cerrar la frontera y ponerle fin a la corrupción. El discurso previo de EPN fue más que tibio, sin fuerza, pero muy ad hoc con el estilo de un político que agoniza, y en su lenta muerte muestra la caducidad de todo un sistema que parece colapsar por sí mismo, con el propio peso de sus privilegios e incontables abusos. Habló EPN de cifras a modo sobre la inmigración, presumió el descenso de la misma, solicitó penosamente y sin ánimo que se respete al país y a sus integrantes, ante un Donald Trump irreductible que ni lo vio ni lo oyó, y se sujeto a un protocolo barroco que no le impidió que mostrar el músculo del “American power”.

 

Trump no se disculpo en ningún momento por sus comentarios lesivos hacia nuestro país y EPN lo sabía, sabía que Trump no aceptaría recapitular, de otro modo la reunión no se habría verificado bajo el formato que Trump decidió, incluso recalcando ante la pregunta de un periodista: “sí hablamos en privado sobre el muro, pero no dijimos quien lo pagaría”, ante la mirada atónita de EPN, que nada pudo hacer para negarlo ya. Exhibido, públicamente humillado, EPN entregó en dicho encuentro el último asomo de dignidad que le quedaba (si es que alguna vez la conoció), mostrando a un país entreguista, más que débil ante el mundo. Ambos abandonaron el recinto, Trump a la manera del yankee triunfalista, un moderno cowboy que escupe su verdad pésele a quien le pese. El otro, nuestro gris Chamberlain, parece salir con las manos reventadas por una bomba cuyas detonaciones no pararan de estallarle. A uno le espera tal vez el trono giratorio de un imperio más cruel e invasor que nunca, a otro, el descredito sucesivo de la historia, un exilio corporal, mental y espiritual anticipado; interminable.

 

 

 

 


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